Amelia

Amelia está inmóvil frente a su máquina de escribir. Quizá no sea rubia, pero tiene una cara preciosa. Sus bonitos ojos almendrados miran las teclas fijamente, sin acabar de decidirse a pulsar ninguna de ellas. Observa la 'Q' ahí, a la izquierda. La 'P', allí, a la derecha. Sonríe al imaginárselas gritándose unas a otras '¡Hola, fondo Norte!' a lo que la otra respondería '¡Hola, fondo Sur!'. Pes y Qus con manos y piernas, con ojos nariz y boca. Ole, piensa. Eso no le saca de su problema, pero le divierte.

Le da un bocado al Donut y acaba con él. Eso le hace sentirse bien; es fácil. Le gustan los Donuts. Mastica despacio, sin dejar de mirar su vieja herramienta de trabajo. Se sorprende a sí misma preguntándose porqué las letras impresas sobre las teclas están en mayúsculas y no en minúsculas. O porqué no puede escribir un número en mayúscula. Extrañas preguntas que desaparecen tan rápidamente como aparecen.

El último bocado pasando a través de su garganta le devuelve a la realidad. Intenta contar las teclas, pero se detiene a mitad. Quizá pueda hacer un pequeño cálculo de probabilidades; no, tampoco. Mira el teclado y la hoja en blanco. La hoja y el teclado. Una y otra vez, mientras se tortura preguntándose qué hacer. Teme equivocarse. Odiaría equivocarse. Apretar la tecla equivocada, cometer un error, y volver a empezar. Casi dos meses sin un fallo, y ya empieza a sentir ese deseado aumento.

Con este pensamiento, permanece quieta delante de la máquina, y la mira. Piensa, observa, se evade y desaparece. Y dos meses más tarde, sigue allí, igual que siempre, desde hace años. Con su siguiente Donut en la mano y su pelo ondulado -no rubio- recogido en la cabeza. Porque aunque ya ha conseguido su deseado aumento, siempre hay otro a la vista. Y otro más. Y otro. Y otro y otro y otro.

Y mientras piensa que no puede permitirse perder ni uno de ellos, sigue allí, sin darse cuenta de que es su vida en realidad lo que no puede permitirse perder.