Consejos de escritura (VII)

Libros

Vamos con la séptima y, oh, sí, última entrega de los consejos de escritura (las anteriores, aquí: primera, segunda y terceracuartaquinta y sexta). Los de hoy son los dos más evidentes, no por ello los más fáciles de seguir: leer y escribir.

Sin más dilación, acabemos con esto.

18. Lee. 

Si te falta la inspiración o la fuerza de voluntad, coge un libro y lee. Tanto los libros buenos como los malos te servirán de motivación, aunque por una razón diferente. En una entrevista que Juan Gustavo Cobo Borda le hizo a Gabriel García Márquez, este último decía: 

“Estando un día en Valledupar, con un calor espantoso, en un hotel, me llegó la revista Life, enviada por esos locos de Barranquilla. Allí estaba El viejo y el mar, que fue como un taco de dinamita. Porque lo que pasa, Cobo, es que los novelistas son unos lectores diferentes al resto de los humanos. Sólo leen para saber cómo están hechos los libros. Se trata de una lectura puramente técnica, para desarmar el libro y ver cómo está cosido por dentro".

Presta atención a los cambios de ritmo, los recursos que utiliza el autor para hacer saltos atrás, para referirse a otros personajes, describir escenas, cambiar de punto de vista, forma verbal, etc. El principal problema que tiene esto es que leer se convierte en un ejercicio menos placentero y más mecánico, pero es el precio a pagar por ganar el Pulitzer y que el mundo entero se rinda a tus pies.

Ah. Tampoco vale recurrir a la lectura caaaaaada vez que te falte fuerza de voluntad, porque eso no va a hacer que el texto se escriba solo. Lo he intentado, y no funciona. Lo juro.

19. Escribe.

Este último consejo parece bastante obvio, ¿no? Si te gusta escribir, parece que incluir un consejo que dice que escribas es de perogrullo. Del género idiota, vamos. Pero no lo es, para nada. En Jurassic Park, al descubrir que en una isla sin hembras han aparecido nuevas crías de velocirraptor, el profesor protagonista dice eso de "La vida se abre camino" (o algo así, mi memoria no es ningún prodigio). Eso es justo lo que pasa.

Tú quieres escribir, pero la vida se abre camino. Aparece Internet, la televisión, Netflix, HBO. Aparece hacer la compra, el trabajo, el hastío, el cansancio y la falta de concentración. Aparece el lavavajillas, la lavadora y limpiar la casa (de esto último no soy culpable, entre nosotros). Aparece Facebook, Twitter, Instagram, Whatsapp y el blog. Aparece tu pareja que con todo el derecho reclama algo de atención, los amigos, una tarde de vinos, la resaca, las vacaciones y los viajes. Aparece la duda, la soledad, la inseguridad, la sensación de que no acabarás nunca, la pregunta de por qué escribes, el sentido de tu vida y de qué coño estás haciendo con ella.

Tú quieres escribir, pero la vida se abre camino.

La cuestión es que hay que encajar los ratos de escritura en ese puzzle en el que parece que no cabe y al mismo tiempo arrinconar tus dudas y el cansancio. Pactar un tiempo para ti y recompensar esas concesiones. Buscar lugares sin conexión a Internet si tú no eres capaz de desconectar, dejar de mirar el móvil cada 5 minutos, utilizar alguna técnica de productividad sencilla como la del pomodoro, comprar unos tapones y buscar un sitio que te permita un mínimo de concentración. Sacrificar parte de tu tiempo de ocio, dormir menos, aprovechar cada minuto. Saltarte alguna sesión de vez en cuando, asumir que unas cartas te han tocado y otras las has elegido tú, y dejar de quejarte. Ahora que lo leo, me parece que suena muy motivador. No era mi intención.

Y esto es todo lo que tengo que decir sobre ello. Me voy a leer, que se me escurre la vida entre los dedos.

Les cuatre cents coups - II

 Fotograma de  Les quatre cents coups  (Los cuatrocientos golpes), François Truffaut.

Fotograma de Les quatre cents coups (Los cuatrocientos golpes), François Truffaut.

La imagen de arriba es un fotograma de la escena del teatro que vimos ayer, que pertenece a la película Los 400 golpes, de François Truffaut (1959). Aunque hay otras tomas que muestran a diferentes protagonistas, voy a centrarme en las historias de los tres chiquillos que aparecen en el plano, recogidas en el documental "Les 400 coups: regardez Truffaut", rodado en 1989 con motivo del 40º aniversario de la cinta. De izquierda a derecha, se trata de Cloé Le Brun, Felix Moreau y Didier Faure-Baud (este último tapado en parte por el rostro desenfocado de Alain Ferrec). 

Como comentamos en la anterior entrada, para la grabación de la escena no hubo ninguna planificación, por lo que la elección de los planos fue totalmente aleatoria, y sus posiciones y gestos responden únicamente a lo que están viendo en el escenario. En el momento de la filmación, los tres tenían siete años, y entre el mayor (Felix) y la menor (Cloé) apenas había cinco meses de diferencia. En esta entrada nos centraremos en los dos niños, y dejaremos a la niña para el último artículo de la serie.

Didier es sin duda del que menos información existe, y la que hay ha llegado a través de la memoria de su hermana, Ines Faure-Baud. Se sabe que aquel sábado estaba pasando el fin de semana en París con su familia, y que ella, un año menor que Didier, no participó en la grabación porque según confesó ella en el documental, su padre tenía una mentalidad muy cerrada y pensaba que nada que tuviera que ver con la televisión, el cine o el teatro era cosa de chicas. Los padres de Didier se separaron al poco de cumplir él trece años, y a partir de ahí su historia sigue casi a pies juntillas a la del protagonista de Los 400 golpes, con una diferencia importante: a los dieciocho, Didier saltó al Sena desde el puente Mirabeau, en pleno mes de diciembre, y las aguas gélidas se lo tragaron para siempre.

Felix, del que emana la mayor parte de la fuerza de la imagen y cuya mirada parece intuir que le están grabando, no estaba allí del todo por casualidad. Su madre, que trabajaba como limpiadora en el teatro, se había enterado de la grabación el día antes, y debido a los problemas económicos que atravesaba su familia, en gran parte causados por un marido alcohólico que se gastaba casi todo el dinero que llegaba a casa en vino, no se lo pensó dos veces. Aquello pareció ser una buena idea, porque Felix fue el único que tras la filmación participaría en alguna película más, aunque para su desgracia, su aspecto cambió radicalmente al cumplir los once años, dejándolo en tierra de nadie: era demasiado mayor para aparecer como un niño y demasiado pequeño para actuar de adolescente. 

Hasta entonces, había participado en seis películas, pero sin ningún papel que pudiera dar esperanzas de un futuro, prometedor o no, en el mundo de la cinematografía. A pesar de los esfuerzos de su madre, antes de cumplir los doce (1970) Felix ya trabajaba con su padre en la recogida de chatarra en las calles de Saint-Germain-en-Laye, hasta que a los diecinueve años, las circunstancias y una mujer embarazada de mellizos lo llevaron a él y a su padre a atracar la joyería de uno de los barrios pudientes de París. 

Felix recibió de un guarda de seguridad una bala que le perforó el estómago, y murió desangrado junto a la puerta del establecimiento antes de que llegara la ambulancia, por casualidades del destino a apenas un par de metros del cuerpo sin vida del productor Adrien Toussaint, que había sido en última instancia el autor indirecto de la escena de los títeres. Su padre murió en 1991 en una reyerta en la prisión de La Santé.

Tras eso, los servicios sociales se hicieron cargo de los mellizos. Uno de ellos, Laurent, se convirtió en el analista más joven de la política francesa, y jugó un papel decisivo en la elección de Jacques Chirac como Presidente de la República en 1995. Por su parte, Michel, escribió un libro narrando la historia de su hermano Didier, que consiguió el visto bueno de la crítica aunque no tuvo un gran éxito comercial. Ambos viven en París en la actualidad apartados de la vida pública.

Para la última entrada de esta serie sobre la película Los 400 golpes dejamos a Cloé Le Brun, la única chica de los tres, con la que mi imaginación se ha portado algo mejor y que a diferencia de Didier y Felix, hoy en día sigue viva.

Les quatre cents coups - I

 Fotograma de  Les quatre cents coups  (Los cuatrocientos golpes), François Truffaut.

Fotograma de Les quatre cents coups (Los cuatrocientos golpes), François Truffaut.

La imagen de arriba es un fotograma de la película Los 400 golpes, de François Truffaut (1959). Forma parte de una secuencia mayor, filmada durante una mañana de sábado en el teatro Lido de París, en la que algo más de un centenar de niños observan entusiasmados los movimientos y bromas de varias marionetas sobre un pequeño escenario improvisado, mientras la cámara recoge sus expresiones de diversión y sorpresa. Según se supo varios años más tarde, la escena no estaba prevista en el guion original, y Truffaut decidió incluirla cuando quedaban apenas dos meses para que la cinta se presentara en el Festival de Cannes. Al parecer, el germen de la idea fueron los gritos de alborozo que el director escuchó mientras mantenía una conversación telefónica con el productor Adrien Toussaint (que moriría años más tarde asesinado en el asalto frustrado a una joyería), cuya responsable era la hija menor de este, que acababa en ese momento de llegar del teatro. Intrigado por el escándalo al otro lado de la línea, Truffaut le preguntó a Toussaint la razón, y la respuesta dio lugar a la escena en cuestión. 

Aunque tomó la decisión de incluir la secuencia en ese mismo momento, se cuidó mucho de decírselo a Toussaint (si bien en una entrevista durante la promoción de la cinta en Cannes, este se atribuiría parte del mérito), a sabiendas de que el productor se habría negado en redondo. Por aquel entonces, la película estaba en la fase final del montaje y movilizar a los técnicos y el equipo de filmación de nuevo habría sido demasiado costoso, en un presupuesto que Truffaut había estirado varios cientos de miles de francos por encima de lo previsto. Pese a ello, más que el aspecto económico, pesaba la tensión que se había creado durante las últimas semanas entre el director y diversos productores, al negarse este a eliminar una de las escenas icónicas de la cinta y que incomodaba a los sectores más conservadores de la política francesa. El tira y afloja estaba alargando en exceso el proceso y ponía en riesgo la puesta de largo en Cannes. Truffaut temía, con bastante acierto, que el hecho de sugerir una nueva escena, incluso a cambio de sacrificar aquella que le pedían, fuese la gota que colmase el vaso, y provocase que lo apartaran definitivamente del montaje. 

La solución que escogió, probablemente la única que había para salvar la película, fue actuar a espaldas de los productores, consciente de que se estaba jugando su carrera profesional. La noche del miércoles previo a la grabación, reunió en su casa a su equipo de confianza y en una cena informal les contó la escena y algunas ideas vagas de cómo pensaba llevarla a cabo. Aunque varias personas mostraron reticencias por las repercusiones que aquel acto de rebeldía podría suponer para sus carreras profesionales en el futuro, Madeleine Morgenstern (la mujer de Truffaut) salvó la iniciativa proponiendo mantener a los miembros de aquella reunión en secreto, y esa misma noche se concretaron todos los detalles. A pesar de lo inverosímil que pueda parecer y las múltiples listas de posibles asistentes, nunca se han conocido las identidades de los conspiradores.

El papel de Morgenstern fue mucho más que hacer de anfitriona en dicha reunión. De hecho, ese sábado fue ella quien dirigió y coordinó la grabación de la escena de las marionetas en el teatro Lido de París, en una sola toma y de manera totalmente improvisada; no había guion, ni actores profesionales, ni maquillaje, ni vestuario. Los niños se sentaron donde quisieron y ninguno sabía que le estaban filmando, aunque para ahorrarse complicaciones, sí obtuvieron la aprobación escrita de los progenitores de al menos, todos aquellos menores cuyas caras se reconocen en algún plano, junto con un compromiso de confidencialidad que finalizaba veinticuatro horas después de la proyección oficial. Pese a que en el filme apenas aparece un fragmento, la obra infantil que se representó fue un viejo relato de la propia Madeleine titulado "Le petit arbre vert".

Tras la grabación, a Truffaut no le costó convencer al montador Jean Bonnet, que se enamoró al instante de la escena del teatro, y que a partir de Los 400 golpes trabajaría de manera exclusiva con Truffaut. Durante tres intensas semanas, los tres: Morgenstern, Truffaut y Bonnet trabajaron en secreto con dos versiones de Los 400 golpes. Por un lado, la versión díscola, en la que no solo aparecía la escena nueva del teatro, sino también la que los productores querían eliminar y tres más sobre las que Truffaut había acabado cediendo y que habían sido amputadas. Por otro lado, la versión aprobada, que no contenía ninguna de dichas secuencias y en la que Truffaut había fingido aceptar las presiones recibidas. Las dos versiones existieron hasta minutos antes de la proyección en Cannes.

Nadie sabe cómo, pero Truffaut se las ingenió para sustituir la versión "oficial" por la suya, que fue la que se acabó proyectando. Es probable que de nuevo, el mérito le corresponda a Morgenstern, una mujer muy apreciada en el sector por sus reivindicaciones laborales, y que tenía una extensa red de contactos en el ámbito cultural, no solo francés, sino también español e italiano. Aunque Truffaut insistió en incluir a Madeleine Morgenstern como codirectora, y de hecho la menciona frecuentemente en varias entrevistas, ella se negó en redondo a figurar con su nombre, quitándole importancia a su autoría en una de las escenas más recordadas de la película y casi se diría que del cine francés.

Para evitar que tras la proyección los productores impusieran su criterio y distribuyesen la versión "recortada" en lugar de la completa, Bonnet se aseguró de eliminar todas las copias que existían de esta. Lo más probable es que la cara de Toussaint y sus colegas en la oscuridad de la sala el día de la inauguración de Los 400 golpes en Cannes fuese un poema. Lo peor no es que hubiese una nueva escena no aprobada, lo que al fin y al cabo visto en perspectiva no tenía mayor importancia, sino que Truffaut había recuperado todas las demás. 

La larga ovación que la cinta recibió al aparecer los títulos de crédito y las excelentes críticas de la prensa especializada que obtuvo a la salida persuadieron a los productores de abrir la boca, a pesar de la cara de perro que mostraban cuando se encendieron las luces. Probablemente, ninguno quiso arriesgarse a ser acusado de echar a perder lo que tenía pinta de convertirse en una de las obras maestras de la cinematografía francesa. 

El próximo día hablaremos de tres de los protagonistas de la escena de los títeres: Cloé Le Brun, Felix Moreau y Didier Faure-Baud, cuya historia, tan inventada como los nombres y el texto que acaba de leer, no es menos sorprendente.

* * *

Si te apetece, puedes leer la segunda parte de esta entrada.

Mi prima Anna

Esta mañana he vuelto a hablar con mi prima. Hacía mucho tiempo que no hablaba con ella, ya que su familia vive en París y en casa el teléfono llevaba semanas sin funcionar. Mamá ha dejado el auricular sobre la mesilla del pasillo y ha pasado junto a mí secándose las mejillas con las palmas de las manos. Al verme ha sonreído, aunque yo sabía que intentaba disimular. No sabe que me daba cuenta de que algunos días cuando se sentaba a la mesa a cenar tenía los ojos enrojecidos. Hasta hoy no entendía por qué estaba tan triste y siempre que se lo preguntaba a papá...

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El negocio de la propia vida... y de los demás

Hace unos meses Laura me habló de un escritor noruego llamado Karl Ove Knausgård, a quien no conocía y de quien (por tanto) no he leído nada. Desde entonces me he agenciado un par de tomos de su principal obra, y voy a ello.

El autor se hizo famoso a raíz de su novela Mi lucha, una obra autobiográfica (autoficción) de 3500 páginas formada por seis volúmenes, en cuyo interior se recogen todo lujo de detalles íntimos. Hace ya un lustro que las novelas fueron publicadas en Noruega y Anagrama publica este año el 4º volumen (Bailando en la oscuridad).

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Consejos de escritura (VI)

Vamos con la sexta entrega (las anteriores, aquí: primera, segunda y terceracuarta y quinta). Como veréis, he cambiado el título de la entrada y estoy haciendo algunos cambios en el blog que tenía pendientes desde que acabé la novela. Cambio de categorías y etiquetas, reorganización, un logo nuevo, perder el tiempo como un poseso y otras cosas del comer. Vamos allá.

15. Esas malditas frases. 

Cuando te pongas a revisar, es normal que de vez en cuando encuentres una frase o un pequeño párrafo que no te encaja, que no transmite esa idea difusa que tienes en la cabeza, pero que por muchas vueltas que le das no acabas de ver la forma de arreglar. Cuando eso pasa, lo más habitual es cambiar esta o aquella palabra buscando un sinónimo, o alteres el orden de los elementos, pero tampoco así logras dar con la solución. El problema radica en esa manía que tenemos de tratar de aprovechar lo que ya hemos escrito, cuyo contexto, estructura y léxico condiciona las posibles alternativas. Si te atascas, ignora lo que has escrito e intenta escribir la frase o el párrafo de cero. Sí, quizá puedes aprovechar parte de lo anterior, pero la idea es que no escribas sobre ella, sino que lo hagas en un espacio en blanco. Así es más probable que encuentres una forma de decir lo mismo con otras palabras.

16. Mantén un estilo clásico. 

No me refiero a que escribas como Homero o Cervantes, sino a que limites el grado de innovación a unos niveles razonables. No eres (somos) James Joyce ni Thomas Bernhard. A no ser que seas un autor consagrado (en cuyo caso no estás leyendo estas líneas) o tengas tu propia editorial, intenta no pasarte con el grado de transgresividad, si quieres ver tu obra publicada o al menos que sea leída. Nadie duda de que seas un genio de la literatura, pero es preferible que esperes un poco a demostrarlo; no es necesario desplegar todos tus recursos en la primera novela. Quizá sea cierto eso de que las reglas están para romperlas, pero quizá no todas el mismo día, y como leerás en muchos lugares, para romperlas antes hay que conocerlas. Dicho eso, ya sabes: es tu obra. Si sientes que esa es tu forma de escribir y que suavizarla es una traición a tu estilo, adelante.

17. Guarda un equilibrio entre mostrar y contar. 

Probablemente hayas leído esto en muchos libros y blogs sobre escritura. El ejemplo típico es el del tipo que se enfada. No es lo mismo decir "Juan estaba furioso" (contar) que decir "Juan golpeó la mesa con los puños cerrados y toda la oficina se giró al escucharlo gritar" (mostrar). Si lo muestras todo, puedes ralentizar el ritmo en exceso e inundar el texto de detalles que no son necesarios, y si lo cuentas todo, dejarás a los personajes y la acción en la superficie. Por ejemplo, cuando se enfada, María grita tanto que se le oye en todo el edificio, mientras que Elena no pronuncia una palabra, sino que coge las llaves de casa y desaparece hasta que se le pasa dos horas más tarde. Si dices "Al escuchar eso, María/Elena se enfadó" sin más, estás reduciendo dos comportamientos muy diferentes a una única palabra.

Por supuesto, siempre hay un pero. El primero es que si Elena o María es la estanquera, que se ha enfadado porque le hemos dado el cambio en monedas de veinte céntimos, y no vamos a volver a verla ni su reacción va a tener ninguna implicación en el personaje que protagoniza la escena, nos importa poco lo que haga cuando se enfada. Como si se corta la falange del dedo meñique (si va a hacer eso, quizá debamos valorar incluirlo). Por otro lado, incluso con los personajes principales, no es necesario un párrafo de diez líneas cada vez que sea necesario describir un rasgo de personalidad. A menudo, un pequeño diálogo, una escena o un par de frases bien escogidas y ubicadas en el texto es suficiente. Si Juan tiene problemas de ira, dedícale a esos problemas un espacio proporcional a la importancia que tienen en la historia.

 

Hasta aquí, los consejitos de hoy. En unos días, la siguiente entrega. Si te ha parecido interesante, compártelo con tus seguidores, mascotas, amigos y enemigos. 

El hombre y la mierda

Ayer estuvimos en Rascafría, donde el año pasado subimos a propósito de una gran nevada que había caído tan solo hacía un par de días. Teníamos la esperanza de que la experiencia se repitiese, pero por desgracia, en esta ocasión hacía ya varios días que había nevado y en lugar de la nieve polvo de la última vez, nos encontramos con un paisaje igual de blanco pero significativamente más sólido y por tanto menos mágico. Tampoco tuvimos la suerte de que hiciese sol, así que la visita fue relámpago.

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Consejos de escritura (IV)

Si acabas de aterrizar por aquí, esta es la cuarta entrega de una serie en la que recojo algunas lecciones aprendidas durante los tres años y pico que me ha llevado escribir Yunque. Lo que significa que debes darle a estas entradas el valor que merecen (lo que es algo que deberás determinar tú), ni más ni menos. 

Puedes echarle un vistazo a las anteriores entregas en los enlaces siguientes: primera, segunda y tercera. La última entrega versaba sobre la longitud de las frases, aunque me entusiasmé y acabé con un par de ejemplos. Hoy vamos a comenzar con una recomendación similar. 

11. Aprende a leer el ritmo de las escenas.

Ya vimos en la última entrada que si no es absolutamente necesario, no deberías incluir frases demasiado largas. Y aunque "demasiado" es un término cargado de subjetividad, seguro que puedes hacerte una idea aproximada. En el otro extremo, tampoco es aconsejable utilizar "demasiadas" (vaya, otra vez) frases cortas. Debo aclarar que con el término frase me refiero a un conjunto de palabras separadas exclusivamente por espacios y comas; un punto o un punto y coma divide dos frases. En definitiva, se trata de saber "leer" el ritmo de la escena, utilizar las frases cuya longitud se adapte mejor y alternarlas para que no se pierda el efecto (tres docenas de frases de menos de 5 palabras no transmiten ritmo, aburren). 

Eso lo que a menudo se define como "musicalidad" del texto, palabra que define bien esta recomendación. Claro que una canción de Skrillex se puede tocar con guitarra o incluso oboe, pero no sonará igual y en muchos casos, no transmitirá lo que el autor pretendía cuando compuso el tema (es decir, volverte loco). Es más, es probable que haga falta mucho más esfuerzo para que suene a algo decente si se utiliza un instrumento distinto al original.

Dicho de otra forma, claro que puedes describir una persecución policíaca utilizando solo frases largas, pero asegúrate de que logras la velocidad y el tono del texto que la escena necesita, y no que has impuesto un estilo demasiado pausado solo porque te gusta o se te da mejor la prosa densa.

12. Coge distancia del texto y sumérgete en él casi hasta que lo odies. 

Durante el tiempo que me ha llevado escribir Yunque, ha habido meses en los que no he tocado una coma, mientras que otros me los he pasado obsesionado con la historia, escribiendo (revisando, más bien) varias horas al día. Ambas cosas son necesarias.

La primera te sirve para volver a entrar en la historia casi como si fuese nueva o incluso hubiese sido escrita por otra persona (lo que dependerá del tiempo que lleve el manuscrito en barbecho), y la segunda para identificar posibles mejoras e incoherencias del argumento y unificar el estilo y la voz (si han pasado seis meses entre dos capítulos, la voz puede llegar a discrepar bastante de uno a otro). Solo hay que tomar dos precauciones: no alejarse tanto del texto que jamás regreses a él, y no sumergirse tanto que acabes ahogándote (lo que en última instancia conduce a abandonarlo).

13. Recorta... pero no te pases. 

Este es otro de esos consejos habituales: recorta, recorta y recorta. Sin embargo, es una de las recomendaciones más complicadas de seguir, porque aparte del componente subjetivo, no creo que haya nadie a quien no le moleste eliminar esa digresión existencial del personaje que le ha quedado tan estupenda y que le costó tantas horas escribir, pulir y sacar brillo. Sí, ha quedado fantástica, pero analiza si es necesaria. ¿Detiene el ritmo del capítulo? ¿Es coherente con el personaje? ¿Aporta algo a la historia?

Si la respuesta a las tres preguntas es "no", lo más probable es que la tengas que amputar. Sin embargo, puedes optar por soluciones alternativas. Si ralentiza el ritmo, quizá en otro lugar del texto encaje bien. Quizá no sea adecuado para ese personaje, pero sí para otro, o incluso la puedas adaptar para el narrador. Si no aporta nada a la historia, es posible que puedas reorientar la escena para que lo haga, aunque tampoco trates de encajar una escena simplemente porque te has enamorado de ella; recortarla no implica eliminarla de la faz de la tierra y olvidarte de ella. A lo mejor la puedes desarrollar en un relato independiente, o incluirla en una futura obra. Si es buena, seguro que puedes encontrarle un nuevo "hogar".

Cuando acabé el primer borrador, incluso aunque durante la escritura de este iba haciendo pequeñas revisiones del texto, me planté en 154000 palabras. La versión final del manuscrito tiene 136000 palabras, lo que supone una reducción de casi el 12 %. ¿Hay párrafos o escenas que podría haber eliminado? Es probable, pero no lo hice porque tenía dudas (y lo confieso, alguno me dolía demasiado). En el otro extremo, ¿es posible que eliminara partes que podía haber dejado? También, aunque nunca lo sabré. La cuestión es que no hay una regla de oro. Escribir no es una ciencia exacta, así que no te obsesiones. Si la miras objetivamente y estás convencido de que cumple un papel, aunque sea de extra secundario, déjala.

 

Hasta aquí, las lecciones, consejos, recomendaciones de hoy. En unos días, la siguiente entrega. Si te ha parecido interesante, compártelo con tus seguidores, mascotas, amigos y enemigos