Huellas

Muchas personas entienden un hijo como la vía a la inmortalidad, aunque en ocasiones no de manera consciente o con esas palabras. Permanece en el pensamiento colectivo la idea de que pasamos a la posteridad a través de nuestra descendencia; eso es lo que el ser humano deja para el futuro. Es posible que esa idea surja como respuesta a la inmediatez, a la cercanía, a la presencia de la muerte, que pasados los veinte y superado el complejo de superman nunca está tan lejos como nos gustaría; es un pequeño consuelo: el día que muera, sé que habré dejado un surco en la Historia, con mayúscula. Quizá un surco pequeño, quizá uno insignificante o, en el peor de los casos, uno teñido de maldad, de estupidez, de indiferencia. A lo Maquiavelo, la inmortalidad bien se merece todo lo demás.

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¿Es útil Twitter?

Hace unas semanas Borja Ventura escribía en Yorokobu un interesante artículo sobre Twitter, en el que planteaba el problema que se está encontrando esta red social para generar tráfico hacia los contenidos que se publican en tweets. Es decir, lo difícil que resulta que un usuario de Twitter pinche en un enlace y acceda a un contenido externo, y lo pobre que queda en comparación, por ejemplo, con Facebook.

Aunque por supuesto mi experiencia no es extrapolable a todas las webs, lo que plantea el post es algo que personalmente vengo viendo desde hace un tiempo, y es un problema al que Twitter tendrá que hacer frente tarde o temprano. Veamos algunos datos, para los que he cogido estadísticas de Google Analyitcs y el periodo desde el 1 de octubre hasta hoy.

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Ay, Pdro

Las elecciones del pasado domingo han dejado en mi opinión un perdedor claro: el PSOE. Sigue siendo el segundo partido, pero con la aparición de Podemos ya casi no lo parece, por mucho que se empeñe Pedro Sánchez en decir que su rival es el PP. Mientras que el partido de Rajoy mantiene una distancia prudencial con Ciudadanos, en el PSOE deben estar poniéndose un poco nerviosos al ver a Errejón e Iglesias por el retrovisor. Hablando en plata, el PSOE tiene en sus manos lo que se dice un marrón gordo, gordo, gordo.

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¡This is Abengoa!

Imagina que tienes un primo que te debe 5000€. Un vividor, que ha conseguido que le vayas dejando dinero poquito a poquito, con la excusa de que si un negocio de esto, un negocio de aquello, etc. El caso es que es verdad que el tío tiene un montón de empresas, pero siempre va racaneando pasta y no acaba nunca de devolverte lo que te debe. Así que un día te llama y te dice que le prestes 400 € más, porque no puede pagar el alquiler de casa. Joder, piensas, pero si tiene media docena de empresas y el otro día en la cena familiar todo el mundo decía que era un genio, ¿qué ha pasado? Y lo que es peor, ¿si le va tan bien dónde está el dinero que me debe?

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Social proof

Después de malgastar una hora sentado frente al ordenador sin hacer otra cosa que contemplar la estupidez y vulgaridad inherente a un número muy significativo de las cuentas de twitter (que he visitado, lo cual no constituye desde el punto de vista estadístico una muestra representativa) y leer, palabra excesivamente optimista en este caso, una docena y pico de blogs que, en fin, son merecedores de pocos calificativos amables (en realidad, algunos muy similares a los ya plasmados), cosa que por otro lado demuestra mi enorme capacidad para el sufrimiento y la tolerancia a la mediocridad ajena así como el escaso aprecio que tengo por el tiempo libre del que dispongo, me he acordado de un párrafo que leí el otro día en el Internet Security Threat Report 2015 de Symantec (no pregunten, coño).

El texto en cuestión decía así:

"[...] the power of “social proof” — the idea that we attribute more value to something if it’s shared or approved by others. The classic example is of two restaurants: one with a big queue, the other empty. People would rather wait in the queue because popularity suggests quality."

Imagino que, a pesar de estar escrito en otro idioma, entienden la relación entre lo que les decía en el primer párrafo y esta idea. Me resulta difícil ser sincero sin parecer arrogante y estoy mayor para fingir humildad, así que veamos, por ejemplo, un caso paradigmático y un poco extremo, porqué negarlo, de esto que les comento, sacado de twitter, la semana pasada, sin ir más lejos.

La cuenta en cuestión tiene 2.4 millones de seguidores (si son todos ellos legítimos no lo sabe nadie) y dice perlas como estas:

No, por supuesto que no todos los tuits (si no son ustedes habituales de esta red social, esta castellanización de los términos les parecerá odiosa; estamos totalmente de acuerdo en eso) contienen este nivel de misoginia, válgame Dios, eso sería insoportable, pero el tufillo sobrevuela esa cuenta de vez en cuando. Tampoco, por si se lo preguntan, su contenido tiene nada que ver con el concepto de Filosofía que cualquiera de ustedes, espero, concibe. Es más bien un compendio de frases estúpidas, voluntaristas, machistas, simplistas y de autoayuda, repetidas una y otra vez hasta la saciedad.

Recuerden: hablamos de 2.4 millones de cuentas de twitter.

Quizá se pregunten si estamos frente a un ejemplo de "social proof" (la traducción literal me suena a mezcla de humor amarillo y Gran Hermano) o en realidad es más bien otra muestra de, ejem, estupidez social. Sí, yo también me inclino por esto último, aunque cabe plantearse si una cosa no es a estas alturas sinónima de la otra. Si me preguntan, no les diré que sí, aunque estoy a estas alturas convencido que nos aproximamos peligrosamente a ello; Idiocracia no es una película, es un documental sobre la sociedad del futuro. Sea como fuere, es un ejemplo excelente para explicar lo que siento en los últimos tiempos, ya me ponga frente al ordenador o salga a la calle. 

En fin, no sé si ven por dónde voy, pero si necesitan que se lo aclare es una muy mala señal. No obstante, se lo voy a resumir: allí donde miro percibo grandes, enormes, gigantescas cantidades de estupidez y de mediocridad aplaudida. Lo común nos rodea y lo que es peor, se cree especial. Más o menos aplaudida, pero aplaudida al fin y al cabo. He de señalar que no todo lo estúpido es mediocre ni todo lo mediocre es estúpido. 

Me he ido del tema. Ahora me doy cuenta, pero rectificar me llevará demasiado tiempo, así que continuaré y veremos dónde nos lleva esto.

No me entiendan mal; sin pensarlo mucho, tiendo a pensar que la mediocridad es tan necesaria como la estupidez. Son características complementarias que suelen darse de comer la una a la otra pero que no siempre viajan juntas. Pero son necesarias tanto como los programas basura y la comida rápida y la gente que lo compra todo en Zara y las lectoras de 50 sombras de Grey y los fans de Belén Esteban. No habríamos llegado hasta aquí si todo el mundo hubiese sido excepcional. Claro que así dicho, no sé si es bueno o malo; quizá estaríamos en un mundo mejor, porque entre ustedes y yo, los fans de Belén Esteban también votan (espero que no). El caso es que una vez parida, es necesario alimentar la idiotez con algo que sea sencillo y rápido de masticar.

Sí, este es un caso extremo. Quizá incluso no sea mediocre, sino excepcional en su capacidad de atraer idiotas con vanalidades y estupideces. Me doy cuenta ahora de que me estoy lejos de lo que quería tratar, pero creo haber llegado a algún lugar más o menos difuso. Probablemente no se vean las líneas, pero no es necesario; pueden adivinarlas y si no, imagínenlas.

Cuando aclare mis ideas volveré. Mientras tanto, háganse un favor e intenten no ser mediocres. Muy probablemente pasarán desapercibidos y no destacarán, pero mejor eso que ser un gilipollas aplaudido, ¿no creen?

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Algunas cosas más, antes de irme:

  1. El insoportable número de incisos de algunos párrafos es intencionado.
  2. Queda menos de un mes para mi trigésimo noveno cumpleaños. Es recomendable que vayan ustedes pensando algo, o quizá no es necesario. 
  3. Decía esta mañana en twitter que: "Estoy desarrollando un carácter huraño francamente desagradable". Esta entrada lo confirma, y lo peor (o lo mejor) es que no me siento mal por ello. Y me he levantado contento, así que imaginen el día que estoy de mal humor.
  4. Debería escribir más y divagar menos.

Europa

Esta mañana, mientras venía al trabajo en la SER tenían un debate sobre las elecciones europeas. Apenas habré escuchado los últimos diez minutos, que han sido utilizados por las tertulianas para resumir sus posiciones. Una de ellas decía lo siguiente:

Hay que intentar trasladar esa utilidad del proyecto europeo para estas generaciones más jóvenes, para estas generaciones que son Erasmos, que son la aspiración de lo que pretendía este proyecto político y económico. Y eso yo creo que es el desafío de estas elecciones al parlamento europeo.

Y hay un riesgo que combatir. Que nadie vaya a las elecciones, bueno, cada uno puede ir a las elecciones con el espíritu que quiera, pero, sería una pena utilizar al parlamento europeo como la primera expresión de voto en contra de todo el conjunto de medidas que han venido siendo adoptadas en los últimos cinco años, porque eso puede provocar un desgaste importante para los partidos políticos mayoritarios, y eso puede provocar un efecto en lo que es el resultado final en el ámbito del parlamento europeo, puede conducirnos a un parlamento europeo ingobernable, y eso sería una pena.

Y tras la intervención de la otra parte, venía a resumir su posición con algo así:

Lo que me preocupa es plagar al parlamento europeo de grupos antieuropeos.

Ya ven qué concepción más interesante de la democracia.

Parte del audio que he transcrito se encuentra aproximadamente al comienzo de los últimos tres minutos.

Peloteos

El otro día La Página Definitiva publicaba un artículo titulado En El País de los pijos, el progre es el rey donde se decía esto (la negrita es mía):

 

La pregunta de Pepa Bueno, su visión de las cosas, representa ese periodismo pijo que ha ido puliendo el Grupo Prisa desde los años de la transición y que ha llegado ya a sus máximas cuotas. Es ese periodismo de preguntas chorras, analfabetas y pelotas. Porque, claro, si un representante político dice ante un grupo de periodistas algo que suena fuerte, pues ya estarán ahí los periodistas amigos para echar un cable: no quería decirlo, era a título personal, se han sacado sus palabras fuera de contexto o se han malinterpretado sus declaraciones. Ya no hace falta que sean los políticos quienes salgan a simular una rectificación, porque están antes los medios de comunicación echando paños calientes. Y si no, que se lo digan al ministro de Educación y Cultura, José Ignacio Wert, que podrá soltar todas las animaladas que se le ocurran, pero ahí estarán siempre sus amigos de Prisa, con los que ha compartido tertulias, cafés, risas y abdominales.

 

Hoy me encuentro en El País con un artículo titulado El ministro de las mil polémicas que habla de Wert en estos términos:

 

En lo que sí existe consenso es en su impresionante capacidad dialéctica, sobre su vicio por la polémica y la discusión permanente, que llega hasta el paroxismo. También de su destilado sentido del humor, no apto al parecer para todos los públicos. “Es chispeante, mordaz, pero muchas veces no todos le siguen las bromas”, comenta un excolaborador.

[...]

Antiguos colegas suyos, como José Juan Toharia, con quien trabajó en Demoscopia, le definen como superdotado en varios aspectos. “Tiene una capacidad de análisis y comprensión de lo que se desenvuelve a su alrededor muy rápida. En cuatro meses puede dominar perfectamente el terreno donde ha llegado”.

 

No parece, desde luego, una crítica muy dura. Es más, yo incluso diría que es bastante pelota. Casi más propia del ABC o de La Razón que de El País. Claro que a ver si va a ser verdad que como decía La Página Definitiva, en el País de los Pijos el Progre es el Rey.

¿Inteligencia? colectiva

Ayer estuve viendo el primer capítulo de la miniserie británica Black Mirror (la pantalla negra que queda en cualquier dispositivo cuando éste está apagado), que les recomiendo encarecidamente que no se pierdan si tienen la oportunidad de verla. Sin desvelarles ningún secreto de la trama, el argumento de este primer capítulo gira en torno al poder viral e irreflexivo que las redes sociales pueden llegar a tener hoy en día, llegando a forzar decisiones gubernamentales y marcando la agenda periodística, a menudo más preocupada por los trending topics que por dar un enfoque objetivo y reflexivo a la realidad.

Hace unos días en un medio digital de ámbito nacional, un periodista poco dado a los números afirmaba que los aproximadamente 3,6 céntimos por litro que supondría la subida del IVA de los carburantes del 18% al 21% harían que la gasolina, que en ese momento estaba a 1,51 €/litro, pasase a superar los 1,8 €/litro. Evidentemente, 1,51 € + 0,036 € no suman 1,8 €, sino 1,546 €. No sé si fue gracias a los comentarios que hicimos un par de personas (de un total de más de 100 comentarios), pero el caso es que aproximadamente un par de horas después el titular indicaba que en lugar de superar los 1,8 €, se situaría "rozando" los 1,6 €/litro. Sin embargo, el error todavía persiste en el último párrafo de la noticia, y al parecer numerosos medios cometieron este error, al proceder la información de una noticia de Europa Press evidentemente poco analizada y contrastada. No es mi intención entrar a valorar errores periodísticos de bulto, tarea que ya hacen otros de manera admirable, ni tampoco analizar lo sencillo que resulta cambiar el contenido de una noticia digital sin que los lectores siguientes a la modificación perciban dicha alteración. La cuestión aquí son el centenar de comentarios de Público.es que ignoraron el contenido de la noticia, o las personas que en lugar de plantearse si la información era correcta, retuitearon directamente la información.

Durante los últimos meses, proliferó en las redes sociales (Facebook y Twitter, principalmente) la información de que en España hay aproximadamente 450.000 políticos, argumento que saltó de estos entornos más o menos "populistas" a medios más "serios" como tertulias radiofónicas, artículos de opinión, periódicos digitales y probablemente también a la televisión. En la situación actual de crisis y gracias al malestar existente con la clase política, resultaba tentador prescindir de cualquier análisis crítico e ir directamente a los números, que mostraban una comparación entre España y Alemania en población y políticos que facilitaba poner a los nuestros a caer de un burro. Afortunadamente, a estas alturas diversos medios ya han aclarado que de cuatrocientos mil políticos, nadadenada. Sin embargo, dicha información ha sido repetida hasta la saciedad durante meses probablemente por miles de personas en Twitter, Facebook, Tuenti, blogs personales, conversaciones con amigos, tertulias "políticas" y vayan a saber dónde más.

La cuestión aquí no es la falta de espíritu crítico que parece alumbrar todos estos ejemplos (en especial los dos últimos), que sería material para un blog de diferente temática, sino poner de relevancia la fuerza y el poder que las redes sociales están adquiriendo poco a poco (y que sin ese espíritu crítico, no son otra cosa que altavoces de intereses ajenos). Cierto es, en mi opinión, que no estamos todavía en condiciones de afirmar que Facebook o Twitter puedan ser representativos de la realidad social o política; por un lado, el diseño de las redes sociales en torno a "amigos" y personas con mismas aficiones y opiniones tiende a actuar como una lupa en la que las opiniones propias se ven automáticamente respaldadas por la —nuestra— comunidad y también como una burbuja en la que el usuario accede a los contenidos que le son afines (aunque esto es aplicable también a los ámbitos no digitales). Por otro, es conveniente no olvidar que una gran parte de la población con voz y voto no está presente en las redes sociales.

Sin embargo, no es descabellado pensar que la tendencia actual hará que Facebook, Twitter, Youtube, etc., o aquellas tecnologías y empresas que las releven en el futuro, vayan cobrando una mayor relevancia e importancia con el paso de los años y a medida que los actuales nativos digitales las incorporen a las diferentes esferas sociales. Sin dejar de lado los aspectos completamente beneficiosos de las redes sociales, todos hemos visto la típica escena de película de vaqueros en la que una masa enfurecida trata de linchar a un sospechoso, con independencia de que se haya decidido su culpabilidad o no; todos conocemos la frase difama que algo queda. Quizá no sea hoy, pero como sucede en el capítulo de Black Mirror, puede llegar un día en el que la masa social a través de las herramientas de comunicación digital pueda llegar a hundir una empresa, a una persona, o participe involuntariamente en la comisión (de cometer) o difusión de un acto ilegal o reprobable. ¿Es tolerable permitir que algo así pueda suceder con total impunidad, como si estuviésemos a bordo del Orient Express?

Por tanto, desde el punto de vista social, la cuestión es: ¿cómo conseguir que esa inteligencia colectiva no sea en realidad un martillo neumático que se pone en marcha de manera arbitraria a veces, orquestada en otras, destrozando aquello que encuentra a su paso con o sin razón? Y lo que resulta igualmente importante: ¿cómo hacerlo sin que a) entremos en el peligroso mundo de la censura y b) el martillo neumático lo entienda como censura? ¿Es razonable empezar a pensar en mecanismos de (auto)control?

Desde el punto de vista de la empresa, no tengo ninguna duda de que la defensa, monitorización y control de la imagen de marca y la reputación (digital o no; cuando lo digital salta al mundo físico no tiene sentido diferenciar) y los riesgos que la rodean van a adquirir una importancia destacable en los años venideros. En el primero de los ejemplos, en un momento del capítulo el primer ministro británico pregunta a su asesora por el protocolo a seguir. Pueden imaginarse la respuesta.

Con la que está cayendo

Con la que está cayendo, a Rajoy no le parece interesante plantear que la Iglesia pague el IBI por los locales en los que desarrolla una actividad lucrativa. Cierto es que el PSOE sigue en su línea de denunciar y proponer medidas que ellos mismos no se han atrevido a ejecutar en sus ocho años de mandato, pero eso no cambia las cosas y no acabo de entender cuál es el enrevesado argumento por el que Rajoy piensa que las circunstancias actuales no son las adecuadas.

Con la que está cayendo, se ha rebajado el sueldo a los funcionarios y se les ha subido la jornada laboral. Con la que está cayendo, se han recortado muy significativamente las partidas de educación y sanidad. Con la que está cayendo el presupuesto de ciencia y tecnología se ha reducido a la mínima expresión (nuevo modelo económico dicen). Con la que está cayendo se ha subido el IVA al 18% y más que se subirá. Con la que está cayendo se ha incrementado la edad de jubilación. Con la que está cayendo se han recortado los derechos laborales. Con la que está cayendo todo lo que sea necesario porque es necesario con la que está cayendo.

Con la que está cayendo se le dan —de momento—19.000.000.000 € a Bankia y los que habrá que darle a Caixa Nova Galicia o Banco de Valencia. Con la que está cayendo Rodrigo Rato ganó 2.400.000 € en 2011. Con la que está cayendo Gorigolzarri deja claro que no busca depurar responsabilidades en Bankia. Con la que está cayendo no hay ni una sola comisión de investigación por lo ocurrido en las cajas de ahorro de este país y la Fiscalía ni está ni se le espera. Con la que está cayendo no ha habido en este país más que un puñado de dimisiones políticas voluntarias siempre acompañadas de su finiquito millonario a pesar de su lamentable gestión. Con la que está cayendo los políticos siguen sin tocar sus prebendas, sin dimitir, sin explicar nada. Con la que está cayendo Rajoy se atreve a decir que no es momento de tocar el IBI de la Iglesia.

Hace unos días, una persona me mandó un artículo de Santiago Álvarez de Mon publicado en Expansión y cuyo título era "Un país de llorones", que criticaba como pueden imaginar el pesimismo y victimismo que según el autor reina en este país. A pesar de la necesidad de mirar al futuro con optimismo, dejando de lado comentarios tan lamentables como "Los más vagos y violentos se limitan a despotricar del sistema" (¿es que no está permitido poner el sistema en cuestión? ¿es eso ser un vago o un violento? ), el autor se olvida de que esa mirada al futuro y trabajar para que éste sea posible no son tareas incompatible con mirar al pasado y pedir responsabilidades. Es más, es imprescindible. 

Un país de llorones no, pero tampoco de borregos.