Californication

Ayer por la noche acabamos de ver el duodécimo y último capítulo de la primera temporada de Californication. Teniendo en cuenta que cada entrega viene a durar algo menos de media hora, si no tienes la suficiente fuerza de voluntad como para dosificártelos semanalmente, en un fin de semana te comes la serie casi sin enterarte. Y eso es básicamente lo que nos ha pasado.

La serie viene a contar la vida de Hank Moody, un escritor de éxito interpretado por David Duchovny (The truth is out there), al que la inspiración y muchas otras cosas le han abandonado, aunque como suele decirse, cada uno persigue su propia suerte. L. decía anoche que Hank viene a ser el House de las relaciones sociales, y eso ya les dirá algo de por dónde van los tiros.

Hay poco más que añadir; consigan la serie, es altamente recomendable. Eso sí, tómenselo con calma; hasta verano no hay segunda temporada y se quedarán con ganas de más.

Inland Empire

Ayer por la tarde, motivado por la crítica de un sujeto que sin duda alguna estaba bajo el efecto de las drogas, mi señora y yo nos tumbamos en el sofá a ver Inland Empire, de David Lynch (autor también de la recomendada El hombre elefante). Anteriormente, ya había intentado ver la, a decir por los comentarios, críptica Mulholland Drive, sin éxito como pueden imaginar, por lo que mi actitud ante la película era más escéptica que otra cosa. Diciéndolo de otra forma, pajas mentales no, gracias.

Admito que durante los dos primeros minutos aproximadamente (quizá fuese algo menos) permanecí optimista; tenía buena pinta, o al menos no demasiado mala: se dejaba ver, que no es poco. Después, durante los interminables ochenta y ocho minutos que les siguieron, estuve (estuvimos) buscando el sentido a una cinta cuya duración total es de tres horas, con la vaga esperanza de que al final del túnel hubiese alguna tenue luz, o se insinuase alguna forma de encajar las piezas del puzzle; algo que haces hasta que te das cuenta de que no hay túnel ni nada, sino que estás encerrado en una habitación a oscuras, ni tampoco hay puzzle sino un montón de escombros sin nada que ver entre sí. Y entonces pasa lo que tiene que pasar: que uno se cansa de esperar, se harta de tanta intelectualidad chorra tanta gilipollez y tanto experimento visual, decide que ya basta de perder el tiempo, y apaga el DVD.

Puedo admitir que hay películas que a mí no me gustan por su excesivo intelectualismo, pero que tienen cierto trasfondo de algún tipo. Por poner un ejemplo, Cache de Haneke me parece, como producto de entretenimiento, una auténtica basura. Como análisis social, filosófico o psicológico, quizá tenga más sentido, pero a menudo, llegar a ese nivel en una cinta cinematográfica supera con creces mi capacidad de sufrimiento y voluntad, aunque entiendo que alguien pueda tener ganas de llegar a eso, o simplemente, querer decir que ha llegado a eso por razones que no vienen al caso. También hay que ser capaz de distinguir los infinitos matices que hay entre la simplicidad idiota de Spiderman 3 y la complejidad incomprensible de Inland Empire, y no polarizar en exceso el asunto, como algunos hacen.

Y bueno. No voy a argumentar más, porque para qué; seguro que a alguno de ustedes le parece la obra maestra de un genio en estado de gracia y una de las mayores películas de la historia del cine, como he leído por ahí, pero para mí, mente obtusa donde las haya y para algunomás, esta película es una auténtica tomadura de pelo donde el director no sabe no tiene ni puta idea de lo que hace.

Resumiendo: no pierdan el tiempo. Hay cosas mucho mejores que ver y que hacer.

Nunca vi una TOTALIDAD. Sólo vi hoyos. Un montón de ellos. HOYOS. Pero eso no me preocupaba. Se me ocurría una idea para una escena y entonces la filmaba. Se me ocurría otra, y la filmaba. Ni siquiera sabía cómo podían relacionarse entre sí.
-- David Lynch

Precisamente. Hoyos, eso es lo que hay. Un montón de hoyos. No te jode...

No es país para viejos

Recordarán que la semana pasada les dije que tenía intención de ir a ver No es país para viejos. Por suerte, y eso debería adelantarles mi impresión de lo que vi, fui. Sin duda todos han oído hablar de la película, básicamente porque sale Javier Bardem y eso ha provocado que la publicidad gratuita (¿?) a base de telediarios, entrevistas y programas varios haya sido considerable. En cualquier caso, al César lo que es del César: en mi opinión (típica coletilla absurda, ¿de quién va a ser si esto lo escribo yo?) Bardem hace un papelón. Que otros actores podrían haber dado la talla al mismo nivel, como he leído en algún blog, pues sí, pero igual que en tantas otras películas, y con tantos otros actores, así que para qué especular.

Tranquilos, no les voy a desvelar nada del argumento. Sólo diré que la película me gustó mucho, y aunque no llega al nivel de molestia de "lanza clavada en un costado" que tienes mientras estás leyendo el libro, sí que tiene "algo" que incomoda pero que no soy capaz de identificar; quizá la dirección de los hermanos Coen, la historia en sí o la forma de narrarla. En cualquier caso, esa piedra en el zapato, lejos de suponer un problema, es lo que la saca del convencionalismo y la mete en la diferencia, haciéndola interesante y lo buena que es, aunque más de uno acabe discrepando con mi opinión tras su visionado. Ya me dirán.

En definitiva, una película más que recomendable. Y nada más por el momento, así que ya ven que mierda de entrada. Luego si tengo un rato, les cuento sobre mi afición a la controversia, por decirlo de alguna forma, y la diversión que sin saberlo me está proporcionando un idiota que se empeña en querer molestar (no, chico, no, todo lo contrario).

El Hombre Elefante

El pasado domingo estuve de sesión cinematográfica tirado en el sofá, viendo El hombre elefante, de David Lynch, y El ultimátum de Bourne, la última película de una trilogía que personalmente me encanta; no sólo por el realismo de las escenas de acción (o esa impresión me generan, ni que viese a agentes secretos metiéndose galletas a diario) a pesar de lo inverosímiles que resultan muchas de ellas, sino porque nunca sabes cómo va a salir de los marrones en los que acostumbra a meterse, pero la cuestión es que sale.

Dejando eso aparte, en realidad, y como pueden ver por la imagen de la izquierda, esta entrada iba a propósito de la primera película, con John Hurt y Anthony Hopkins. Aunque la había visto antes, hacía tantos años que no recordaba lo buena que es. En la Wikipedia, de donde por cierto está sacada la fotografía, pueden leer la historia del protagonista, ya que se trata de un hecho real.

Si no la han visto, alquílenla, cómprenla o bájenla de Internet. Les aseguro que vale la pena.

(Ahora saldrá el típico listillo capullo diciendo que si no puedo recomendar algo que no haya visto todo el mundo. Pues no, no puedo.)

Los crímenes de Oxford

(Si están decididos a ir a ver Los crímenes de Oxford y no quieren conocer mi opinión sobre ella, lean sólo el primer párrafo: hasta el primer guion. Si desean saber mi opinión pero no puntos clave de la historia, pueden seguir leyendo hasta el segundo guion. Y si no tienen intención de ir a verla, adelante, es todo suyo.)

Hace unas semanas ví una película titulada Idiocracia. Básicamente, su argumento se basa en dos personas de inteligencia mediocre (ni mucha, ni poca) que son escogidos para un experimento militar que pretende congelarlos durante un año y descongelarlos tras ese periodo. Por cosas que no vienen al caso, los sujetos del experimento despiertan quinientos años después, descubriendo que son los dos sujetos más inteligentes de la tierra, cuya gente ha derivado hacia un estado de estupidez extrema. No voy a decirles que es una gran cinta, pero tiene algunas escenas divertidas si se quieren reir. Lo mejor de todo es que, aunque la sátira social no parece haber sido el motor de la película, cuestión a la que podían haberle sacado mucho más jugo, encuentra uno a diario razones para pensar que el futuro, ese que espero no tener que ver, derivará más hacia algo parecido a lo que se ve en la película que hacia una sociedad culta, racional, democrática y que vive en armonía. Vamos, y no se lo tomen a mal, que no sé si seré yo que lo veo todo con malos ojos, pero es que últimamente —ese últimamente llega muy lejos atrás en el tiempo— me da la extraña sensación de que este mundo de salsa rosa está cada vez más lleno de idiotas profundos, y donde el culto al cuerpo es mucho más importante que el desarrollo intelectual. Teoría respaldada hace tan sólo unos minutos al ver un cartel de discoteca que rezaba "asta las ocho abierto". Me he sentido tentado a inmortalizar tal aberración, pero para qué.

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Bien. El pasado martes fuímos a ver Los crímenes de Oxford, y era de esto de lo que venía a hablar en realidad. El párrafo de arriba venía motivado por el encuentro automovilístico con un primate, y dejémoslo ahí. Además, servirá de entretenimiento para aquellos infelices que estén ilusionados con ver —y peor aún, disfrutar de— la película de Alex de la Iglesia; yo lo estaba, hasta media hora antes de la entrada a la sala; una pena que no hiciese caso a mi intuición. Queda patente por tanto que la película me desagradó enormemente, y esa es la forma fina que tengo de decirles que la película es mala, mala. Vale, quizá yo entré con las expectativas muy altas, y quizá no sea tan horrible, pero si soy sincero, me pareció bastante mala o incluso muy mala, así que les recomiendo que no vayan a verla. Por eso, y porque después de que yo se la destripe, tampoco tendrá mucho sentido gastar su dinero y su tiempo en algo que ya conocen; no es que vaya a contarles el argumento, pero seguramente les daré claves que no deberían conocer. En conjunto, la película parece una producción americana de misterio para adolescentes, en lugar de algo serio, que es lo que yo esperaba (y deseaba) encontrar. Y ahora, los que aún tengan intención de verla, dejen de leer y vuelvan cuando la hayan visto. El resto, sigan.

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No se me da bien hacer críticas estructuradas, así que no lo voy a intentar, sino que empezaré por lo mejor y más prescindible de todo: Leonor Watling y sus tetas (que coño, parecen reales). Aunque he de admitir que a esta chica la tengo bastante atragantada como cantante y actriz, no hace falta ser muy observador ni dejarse llevar por la subjetividad para darse cuenta de que su presencia en la película está de más; que no aporta más que el rollito (poco creíble) con Elijah Wood, y alguna escena donde enseña el culo y los pechos; exhibirse es su única función, ya que tampoco adquiere en ningún momento el carácter de sospechosa. Verán que he dicho que el affaire con Elijah Wood es poco creíble, y esa es la tónica en toda la película, cuando se analizan las relaciones entre los personajes. No es sólo que aparte de los protagonistas no parezca haber nadie más en Oxford, sino que entre ellos todo pasa *demasiado* deprisa; las conversaciones son irreales, y los unos y los otros mantienen unos contactos iniciales que parece que se conozcan de toda la vida. Esto incluye que ellas parezcan ansiosas en tirarse a los pies de Frodo sin apenas haber cruzado dos frases, algo que, teniendo en cuenta que este chico no es precisamente un playboy, no aporta precisamente credibilidad.

Otro problema es ese aura de pseudo-matemáticas que envuelve todo el argumento. Y es un problema porque está mal desenvuelta (el aura); en lugar de desvelar poco a poco y de forma inteligente cuestiones matemáticas o enigmas que pueden ser perfectamente indescifrables en un primer momento al público en general, se opta por una opción mucho más sencilla: que parezca que hay matemáticas, sin haberlas. Porque no hay en la hora y pico que dura nada que sugiera que las matemáticas tienen algo que ver con los crímenes, a pesar de los nombres de matemáticos, terminología matemática barata entre los protagonistas (yo no soy del gremio, y para que yo me de cuenta...), y medio minuto de demostración en pizarra que no pinta nada. A todo lo que ya se ha dicho se pueden sumar aún un par de cosas. Por una parte, hay varios personajes excesivamente estereotipados (si te pasas te lo pierdes), como el inspector de policía que no sólo no parece no enterarse de nada sino que roza la inteligencia límite, o el alumno y compañero de despacho de Wood que está medio ido. Y por otra, un argumento enrevesado y demasiado complicado que no te mete en la película, y mucho menos te invita a intentar descubrir quién es el asesino y porqué; algo terrible en cualquier obra de misterio que se precie.

En definitiva, que en mi opinión —y a decir por las críticas que he leido, en la de muchas otras personas— la película es mala; bastante mala. Y no es sólo cosa de mis expectativas. Sin duda American Gangster habría sido sin duda una forma mucho mejor de gastar mi dinero, aunque ahora ya es tarde para eso.

Dos recomendaciones cinematográficas y una no recomendación

Hoy no les traigo tres recomendaciones como hice la última vez. Les traigo dos recomendaciones y una no recomendación, con las que probablemente alguno no estará de acuerdo. Es posible que alguien vuelva a decir que recomiende algo que «no haya visto todo dios», pero sin ánimo de ofender, ni este blog ni su autor son inmunes a la estupidez ajena, dejando aparte el hecho de que Michael Haneke no es desde luego lo que se dice un director de masas. Aclarado este pequeño punto, empecemos.

Michael Haneke, de quien ya les recomendé Funny Games, es un director al que le gusta jugar con el espectador. Confundir realidad y ficción, incomodar al espectador y manipularlo a su antojo, o hacer preguntas sin respuesta son algunas de sus formas de hacer cine. Y a mi me parece muy bien, y muy respetable, si no se pasa uno de listo. Porque con Caché, a pesar del premio a la mejor película y director en Cannes, le da a uno la sensación de ser un poco tonto, o no ser lo bastante gafapasta para entender dónde está la gracia, o dónde está el suspense en una película pretendidamente de suspense.

La película en cuestión gira en torno a un matrimonio francés que comienza a recibir cintas de vídeo en las que aparecen ellos entrando y saliendo de su casa, como si alguien estuviese vigilándolos. Sin desvelarles nada más del argumento y de lo que viene a continuación, una vez leídas varias críticas, lo que el director pretende con la película es destapar algunos de los episodios más sangrientos de la historia reciente de Francia, y la forma en que la sociedad francesa ha pasado sobre ellos evitando la reflexión y la culpa. Y aunque puede que, una vez asimilado ese contexto y ese mensaje, la película no sea tan falta de contenido como lo es mientras la ves, en mi opinión el señor Haneke se pasa uno, dos y tres pueblos. Planos fijos mantenidos durante mucho, demasiado tiempo, conversaciones y situaciones que parecen prescindibles y que en ocasiones resultan irreales, una lentitud en la narración que en ningún momento traslada al espectador el más mínimo atisbo de suspense o intriga —ni desgraciadamente ayuda a que éste se identifique con los personajes—, o la ausencia de un final (ni claro, ni insinuado), hacen que viendo esta obra maestra en opinión de algunos, te sientas como el niño del cuento El traje nuevo del Emperador. O como ya he dicho, te sientas no lo suficientemente gafapasta. Me alegro mucho de que a Haneke no le preocupe generar frustración, irritación o aburrimiento con sus películas, tal y como dice la Wikipedia, porque de lo contrario, este señor iba a tener mucho de lo que preocuparse.

Afortunadamente, a alguno le gustó tanto como a mí.

Dejando ya a Haneke y sus —perdonen la expresión— pajas mentales, y cuya película no recomiendo más que para que cada uno se forme su propia opinión, pasamos a las recomendaciones, con las que intentaré ser más breve, algo que no deja de ser paradójico y quizá incluso alguien podría considerar como un triunfo de Caché. Primero, Requiem por un sueño. Bien, esto es otra cosa, sí, desde luego. La película gira en torno a las historias de un chico adicto a la heroína (cuya novia es la guapísima Jennifer Connelly) y de su madre, adicta a las anfetaminas y obsesionada con adelgazar para asistir como concursante a un programa la televisión. Aunque la película, con un montaje innovador y una banda sonora que le ajusta como un guante, es difícil de digerir e incluso resulta desagradable por momentos debido a la crudeza de las situaciones, les recomiendo que si pueden, no se la pierdan. Vale la pena aunque luego —les advierto— a alguno les cueste dormir.

Por último, les dejo con una película que al parecer no tuvo demasiada repercusión en este país, a pesar de contar con Penélope Cruz como uno de los personajes. Alta Sociedad (Chromophobia), dirigida por Martha Fiennes (sí, hermana de Ralph y Joseph), se centra en las relaciones entre una familia londinense adinerada (a cuya esposa la interpreta, de nuevo, otra guapísima mujer, Kristin Scott Thomas), una prostituta y un periodista, y no les diré más. Personalmente, para que se hagan una idea de por dónde van los tiros, el argumento de la historia en sí me recuerda a La hoguera de las vanidades de Tom Wolfe (con película de Brian de Palma), y la estética, quizá por la abundancia de color blanco y la música de Beethoven presente en toda la cinta, a La naranja mecánica, aunque no me hagan demasiado caso en esto. Aunque encontrarán que el comienzo es algo extraño, y quizá tarde algo en arrancar, una vez en marcha y superada la primera impresión, la película acelera y se desarrolla perfectamente con unos personajes que están en todo momento a la altura. En definitiva, una película bastante o incluso muy recomendable.

Y eso es todo. Mañana más, a lo mejor.

Seduciendo a un extraño

El pasado fin de semana tuve la desgracia de ver una de las peores películas que recuerdo, y la peor desde hace bastante tiempo: Seduciendo a un extraño, con Halle Berry y Bruce Willis. Y lo peor es que ni siquiera la bajé de Internet, sino que la alquilé. Aunque no suelo hacer críticas de películas de DVD, esta se lo merece, porque ni siquiera la presencia de esta impresionante mujer en la pantalla compensa lo que se va a ver, y eso es mucho decir. Les advierto, antes de empezar, que si pretenden verla, cosa nada recomendable, no deberían seguir leyendo mucho más. Bueno, en cualquier caso, no deberían seguir leyendo, porque esta entrada va a ser larga y aburrida.

La historia de esta película comienza con una periodista que después de renunciar a su trabajo, se encuentra con una amiga que le cuenta que ha tenido un affair con un publicista reputado a quien ha amenazado con destapar la relación. Poco después la amiga aparece asesinada, y la periodista decide embarcarse por su cuenta (y la de un compañero) en la investigación del crimen. La película se desarrolla desde ese punto, que no es malo, como digo sin un mal desnudo de Halle Berry como recompensa en toda la película.

Pero empecemos con las pegas. El primero es el amiguito de la prota: un hacker omnipotente. Capaz de obtener datos de cualquier empresa, cambiarlos, acceder al correo ajeno, crear referencias laborales, y de todo tipo de actos posibles o imposibles, aparte de que por supuesto gran parte de sus diálogos están basados en la habitual jerga informática sí, tienen tal y cual sistema, pero no es problema. Claro que esto no deja de ser lo típico para un hacker de película; no hay más que ver la filmografía relacionada. Imagino que otras profesiones —se supone que el sujeto es informático o algo parecido— se verán escenificadas de forma igualmente ridícula. Si con esto no fuese suficiente, el chico está obsesionado con su amiga (algo completamente normal, visto lo visto), hasta el punto de tener una especie de maniquí-collage en la pared al estilo de cualquier psicópata de tres al cuarto, sin que esto, que tu mejor amigo tenga comportamientos ciertamente preocupantes, tenga ningún papel destacable en la película. Imagino que obedece al hecho de que ni el propio director sabía quién iba a ser el malo al final de la película: se rodaron tres finales diferentes. Bravo, Fernando.

El siguiente sujeto en la lista es Harrison Hill, dueño de una empresa de publicidad de Nueva York, gracias a la cual vemos por pantalla no sólo el logo de Sony Vaio en el portátil (un iMac suele ser lo habitual, pero asumo que siendo de Sony Entertainment la película, no era lógico hacerle propaganda a Apple), sino publicidad de Reebok, Heineken o Victoria's Secret. Aparte de que el personaje es cualquier cosa menos creíble, poco más se puede decir a favor o en contra, y eso es ya bastante.

Por último, está Halle Berry, cuyo personaje es complicado de explicar, y su "motivación" se va descubriendo a través de varios flashbacks indescifrables, en forma de pesadilla-me-despierto-sudando o frente al espejo (¿hay algo más típico?). En éstos, aparece ella de niña y un hombre que parece ser su padre o padrastro, quien presumiblemente abusa de ella. Una noche, su madre lo golpea y lo acaba matando, y entre las dos lo entierran en el jardín... mientras una niña mira por la ventana. Esta niña, cómo no, resulta ser la "amiga" asesinada del principio, quien según parece pasa toda su vida chantajeándole, lo cual conduce finalmente a que Halle Berry decida acabar con ella. Así pues, es realmente ella la que asesina a su amiga, y no el publicista Harrison Hill.

Si bien uno puede llegar a entender el móvil del asesinato de la "amiga", que le quiera cargar el muerto —nunca mejor dicho— a otra persona carece totalmente de sentido. Si la policía no tiene ninguna pista sobre su asesino, e incluso las pistas puestas en el cuerpo jamás les conducirían a ella, ¿para qué tomarse la molestia de joder al publicista? E incluso de ser así, parece claro que de hacerlo, uno debería ser lo suficientemente inteligente para "montarlo" todo poco antes del asesinato, y no después. Para rematar el despropósito en el que se mueve la cinta, su compañero, con quien ya no se lleva tan bien desde que descubre que fantasea con ella, y dejémoslo ahí, acaba descubriendo el "montaje", y también es asesinado en una de las últimas escenas de la película al pedir pago a su necesario silencio... mientras alguien observa la escena desde la ventana de enfrente. Una segunda parte no, por favor.

Háganme caso. No pierdan más tiempo que el que le han dedicado hasta ahora. Es *mala*.

Cuatro minutos

Después de pasar varias semanas sin pisar una sala de cine, algo inconcebible en mi hace poco más de un año, el sábado pasado me levanté de la mesa con la intención de pasar la tarde viendo Death Proof de Quentin Tarantino, y ante mi sorpresa mi partenaire accedió sin réplica. Pero eso fue hasta que leí media docena de críticas que no la ponían precisamente bien, y aunque intenté convencerme de continuar con la idea original usando la siempre cuestionable idea de que sobre gustos no hay nada escrito, la unanimidad en torno a la calidad de la película de Tarantino, a quien Cuatro le dedicaría un semi especial esa misma noche (Pulp Fiction + Jackie Brown), me provocó una profunda apatía y consiguió que abandonase completamente esa opción y comenzase a valorar diversas alternativas, entre ellas la de mandar a la mierda a la industria del celuloide, al menos durante ese fin de semana. Por si eso fuese poco y para mi desgracia, la segunda alternativa, Planet Terror, con mejores críticas, no estaba accesible en ningún horario deseado. Finalmente, El ultimatum de Bourne, la tercera de las opciones, no era del agrado de mi acompañante (léase mi novia), a pesar de tener bastantes buenas críticas.

Así que finalmente, y al borde del suicidio abandono ante tan desolador panorama, decidimos entrar en Cuatro minutos, gratamente impresionados por la película de la misma nacionalidad —alemana—que habíamos visto hace unas semanas, La vida de los otros, aunque sin saber prácticamente nada sobre ella. Desgraciadamente, eso acabó siendo un craso error y la materialización de ese refrán que habla de las brasas y la sartén, porque Cuatro minutos es decepcionante, aunque las expectativas no fuesen desde el principio como para tirar cohetes. Sospecho, sin temor a equivocarme, que esta película permanece en la cartelera gracias al tirón que su grandísima compatriota tuvo en los últimos meses, porque cualquier comparación entre ambas es pura coincidencia: La vida de los otros es una maravilla, mientras que Cuatro minutos es cuando menos prescindible.

No se preocupen, no se la voy a destripar. Sólo les diré que la película trata de la relación que hay entre una anciana profesora de piano y una joven reclusa condenada por asesinato, rebelde sin causa y con extraordinarias dotes para tocar el piano. En resumen, los problemas de la cinta son diversos, que pasan por la cuestionable interpretación de las protagonistas principales y la evidente falta de empatía que esto genera, un final completamente previsible a la Hollywood, o los excesos melodramáticos a menudo en forma de flashbacks. En definitiva, vayan a verla si quieren, pero al precio que está el cine, yo les recomiendo que dediquen su dinero a cosas mejores.

Banderas de nuestros padres

Pues resultó que después de ver Babel el pasado viernes, al día siguiente, como quien no quiere la cosa, consciente del gusto de mi pareja por el cine y su adicción a la nicotina, decidí aprovechar su extravagante horario laboral y plantarme en una sala de cine para ver Banderas de nuestros padres. Sí, solo. Completamente. Más que la una. Tristísimo, ya lo sé. Un alma en pena, un incomprendido, un torturado existencial.

Bien, Banderas de nuestros padres. Como iba diciendo, la película en cuestión está ambientada en la batalla de Iwo Jima que se libró entre japoneses y americanos a finales de la Segunda Guerra Mundial, y concretamente, en el acto simbólico de colocación de una bandera estadounidense sobre el monte Suribachi y todo lo que vino después. Diría que no es lo mejor de Clint Eastwood, pero que está en la línea de sus trabajos. Diría que es una buena película, pero que no es una gran película. Diría muchas cosas sobre ella, pero no lo voy a hacer. Y no por respeto a la gente que me lee. No, en absoluto.

No voy a hablar de ella porque lo que más recuerdo de la película, por desgracia, era un gilipollas integral con un crío de cinco, seis o siete años sentado detrás de mí, celebrando con risas, gritos e imitaciones los bombardeos y disparos. Entiéndanme. Uno va a ver por casi seis euros una película de guerra a las cuatro de la tarde, una película con escenas casi gore al estilo Salvar al soldado Ryan, y lo último que espera es tener a un enano gritando de alegría y lo que es peor, a la persona que lo lleva, de igual o menor edad mental que éste, riéndole la gracia. Créanme que ahora -y todos los que queríamos ver una película en el silencio que esperas que haya en una sala de cine- entiendo mucho mejor aquello del Asesinato en el Orient Express... y el infanticidio *sí* es una opción.

Yo, sin duda, colaboraría.