Leísmo, laísmo, loísmo y otras cosas del comer

Si hay un elemento gramatical que me ha traído por la calle de la amargura durante la escritura —corrección y revisión, más bien— de la novela, ese ha sido el leísmo bueno. Reconozco con bastante naturalidad (cosas de no haber crecido en la zona centro de la península) el laísmo, el leísmo malo y el loísmo. Pero el leísmo bueno me puede, lo reconozco. Mientras corregía la novela, he pasado literalmente días leyendo el DPD de la RAE (Diccionario Panhispánico de Dudas) en busca de casos que consideraba dudosos. 

Aunque imagino que el lector ya lo habrá pillado, me refiero a leísmo bueno a los casos en los que gramaticalmente debería utilizarse lo, pero la RAE, que es muy generosa, nos permite —pero lo considera un poquín menos bueno— utilizar el le.

Sin embargo, esta dispensa está acotada al leísmo referido a persona masculina singular. Quedan fuera el femenino, el plural y el referido a cosa. Por tanto, lo que denomino leísmo malo es aquel caso en el que se utiliza le(s) cuando debería emplearse la(s) o lo(s). Por ejemplo: El coche le lleva al taller mi hermano todos los meses. Ya, suena fatal, pero esas cosas pasan.

Luego está el loísmo, que es utilizar lo(s) cuando se debe utilizar la(s) o le(s), y el laísmo, que como ya habrá el lector inducido, es cuando se utiliza la(s) cuando se debe utilizar lo(s) o le(s). Por ejemplo, La escribí una carta es un laísmo, y Los dije que no vería el partido con ellos un loísmo. 

Sigamos. Aparentemente, las normas para la utilización de los prónombres átonos de tercera persona lo(s), la(s), le(s) son sencillas, y se muestran en el siguiente cuadro (extraído de la RAE):

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Resumiendo, y continúo citando la misma página de la RAE (la ne:

  • Cuando el pronombre desempeña la función de complemento directo, deben usarse las formas lo, los para el masculino (singular y plural, respectivamente) y la, las para el femenino (singular y plural, respectivamente).
  • Cuando el pronombre desempeña la función de complemento indirecto, deben usarse las formas le, les (singular y plural, respectivamente), con independencia del género de la palabra a la que se refiera el pronombre.

Una vez que sabemos esto, para escoger el pronombre adecuado, solo será necesario saber si el pronombre actúa de complemento directo o indirecto. Si el verbo es intransitivo, está claro que solo admite complemento indirecto, por lo que utilizaremos le o les, según sea el caso. Si es transitivo, pues el complemento directo irá con lo, los, la, las y el indirecto con le y les. ¿Fácil, no?

Pues no. Resulta que, si ya de por sí no siempre resulta sencillo saber cuál es el complemento directo y cuál el indirecto (la pregunta ¿a quién? que nos enseñaron en clase a muchos de mi quinta, e intuyo que a posteriores, no sirve de nada, o más bien, solo sirve para confundir) hay más de una y dos excepciones a la norma en cuestión. 

Uno podría pensar que si el leísmo bueno está aceptado, el tema tampoco es tan grave. Sin embargo, todos estos -ismos están estrechamente relacionados, por lo que saber cuándo utilizar lo y cuándo le (Lo escuché hablar es más correcto que Le escuché hablar, aunque ambos son aceptados como correctos) nos librará de cometer errores gramaticales, como en Le escuche hablar, cuando "le" hace referencia a una mujer.

Es cierto que, por lo general, suelo saber más o menos qué pronombre toca, por educación, costumbre, formación, etc. Pero cuando uno lleva meses enfrascado en las mismas palabras ya no acierta a saber qué está bien y qué está mal, por lo que decidido elaborar una pequeña lista con los casos más significativos, o esos en los que me cuesta distinguir el le del lo en el leísmo bueno.

Así que allá vamos, a partir de la página del DPD sobre leísmo y de un fantástico texto de Inés Fernández-Ordóñez, de la Universidad Autónoma de Madrid. Buena parte del texto está extractado directamente de dichas páginas, aunque simplificado y reducido. 

 

Verbos de afeccción psíquica

Los verbos llamados de «afección psíquica»: afectar, asustar, asombrar, convencer, divertir, impresionar, molestar, ofender, perjudicar, preocupar, etc., admiten tanto el uso de los pronombres de acusativo —lo(s), la(s)— como de dativo —le(s)—.

Si el sujeto es animado y se concibe como agente de la acción: A mi madre la impresiono cada vez que me dan las notas, optaremos por el acusativo —lo(s), la(s)—, mientras que si el sujeto es inanimado o es una oración, utilizaremos el dativo —le(s)—: A mi madre le impresionan las notas que saco

La cosa se complica un poco más, ya que aunque sea un sujeto animado, depende de si la acción es voluntaria —lo(s), la(s)— o involuntaria —le(s)—: A Juan le divierte su hermano (le divierte verle hacer monerías), o A Juan lo divierte su hermano (es el hermano el que hace con sus monerías que se divierta). 

Por último, cuando es un sujeto inanimado, es habitual utilizar lo(s), la(s) si el sujeto va antes del pronombre, y le(s) en caso contrario: A Juan le ofendieron sus palabras, Sus palabras lo ofendieron.

 

Verbos de influencia

Los llamados «verbos de influencia» son los que expresan acciones que tienen como objetivo influir en una persona para que realice una determinada acción, como autorizar, ordenar, invitar (‘animar’), permitir, exhortar, etc.

En este caso, si el verbo lleva un complemento de régimen (obligar a, invitar a, convencer de, incitar a, animar a, forzar a, autorizar a), utilizaremos le(s). En caso contrario, la(s) y lo(s).

 

Verbos Hacer y Dejar

Los verbos hacer y dejar cuando significan, respectivamente, ‘obligar’ y ‘permitir’, siguen la misma estructura que los verbos de influencia: «verbo causativo + complemento de persona + verbo subordinado». En este caso, si el verbo subordinado es intransitivo, utilizaremos la(s) y lo(s), y en caso contrario le(s).

Como en muchos casos de leísmo, la RAE utiliza fórmulas como "tienden a construirse", "habitualmente", "es habitual", que aunque introducen ambigüedad, dejan claro que en muchos casos no se trata de blanco o negro. 

 

Verbos de percepción

Los «verbos de percepción» ver y oír se construyen con la(s) y lo(s) cuando se construyen con un complemento de persona y una oración de infinitivo en función de complemento predicativo. Por ejemplo: Lo escuché hablar a través de la puerta. (Hablar es intransitivo).

Por otro lado, si el verbo en infinitivo es transitivo, es habitual utilizar le(s): Le escuchaba comer a todas horas. (Comer es transitivo).

 

Verbos con complemento directo de cosa e indirecto de persona

Este caso es algo más complejo. Por ejemplo: La enfermera cosió la herida a Pedro. En este tipo de frases, es habitual que el complemento directo se omita: La enfermera cosió a Pedro. En estos casos, si pasamos la oración a pasiva y mantiene el sentido, el complemento indirecto pasa a ser complemento directo, y utilizaremos lo(s), la(s). En este ejemplo, la transformación nos devolverá Pedro fue cosido por la enfermera, es decir La enfermera lo cosió.

Si la pasiva no es posible o se cambia el sentido de la frase, utilizaremos le(s). Por ejemplo, Leí a mi mujer [una página del libro] no admite (en un sentido literal) la pasiva: Mi mujer fue leída por mí, por lo que diremos Le leí a mi mujer.

 

Verbos con cambio de régimen

Existen determinados verbos cuyo régimen viene cambiando de dativo —le(s)— a acusativo —lo(s)/la(s)—, aunque este cambio no se ha dado de manera uniforme en todas las geografías.

En este caso están ayudar (a), aconsejar (a), avisar (a), enseñar (a), obedecer (a), picar (a), reñir (a) y temer (a). Aunque lo más correcto parecería ser utilizar el acusativo —lo(s)/la(s), también es aceptable utilizar el dativo —le(s)—, al ser un cambio irregular geográficamente (en otras palabras, nadie te va a mirar raro ni señalar por la calle, al menos no por esto).

 

Verbo Llamar

El caso de llamar es interesante. El DPD indica que prácticamente en todos los casos, excepto cuando equivale a llamar a la puerta, se utiliza el acusativo —lo(s)/la(s)—, aunque Inés Fernández-Ordoñez señala que «si el predicado forma parte "inherente" del objeto, como es su nombre propio o aquél mediante el cual podemos identificarlo unívocamente, el caso asignado suele ser lo/la, mientras que si se trata de una denominación especial sólo propia de una zona o de un grupo, un mote o apodo, se siente como "externa" al objeto, y entonces éste recibe dativo [le(s)]».

Quédense con la opción que prefieran.

 

Verbo Seguir

El verbo seguir es otro de esos casos poco definidos. Según el DPD, cuando significa ir detrás o después, es transitivo y siempre se debe utilizar lo(s)/la(s). Sin embargo, parece que el uso de le(s) también es común.

Inés Fernández-Ordoñez señala que se acompaña de le cuando «sobreentiende un objeto directo con el significado de "los pasos, la ruta, el camino", de ahí que el verbo se interprete como "andar en fila, ir uno detrás de otro", mientras que cuando se acompaña de acusativo [lo(s)/la(s)] significa "perseguir"».

 

Y hasta aquí, el mini repaso a los verbos que me he encontrado que presentan cierta dificultad a la hora de escoger entre le, lo y la. Por supuesto, hay más. Lo bueno de esto es que la misma regla sirve para evitar el leísmo, el laísmo y el loísmo, por lo que si sabemos que lo (más) correcto es Lo miré con inquietud (a él), sabremos que su forma femenina es La miré con inquietud (a ella), y evitaremos cometer un error que en su forma masculina está admitido.

Y esto es todo por el momento.

Corregir un texto (I): las expresiones regulares

Si recuerdan, hace unos días estuvimos viendo las reglas básicas de las acotaciones en los diálogos, cuyo conocimiento es imprescindible (pero no suficiente, claro está) para que alguien enfrente nuestro texto con seriedad. Les comentaba que aunque algunas de las reglas eran sencillas de buscar con Word, otras no lo eran tanto. Ahí es donde entran las expresiones regulares, que a lo largo de esta serie de entradas verán que son de gran ayuda para detectar esos errores que dejan el texto en evidencia.

Una expresión regular es, según la Wikipedia, una secuencia de caracteres que forma un patrón de búsqueda. No sé si eso les dice algo, pero lo entenderán enseguida. Pero primero vamos a organizar un poco la mesa de trabajo. 

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Consejos de escritura (VII)

Libros

Vamos con la séptima y, oh, sí, última entrega de los consejos de escritura (las anteriores, aquí: primera, segunda y terceracuartaquinta y sexta). Los de hoy son los dos más evidentes, no por ello los más fáciles de seguir: leer y escribir.

Sin más dilación, acabemos con esto.

18. Lee. 

Si te falta la inspiración o la fuerza de voluntad, coge un libro y lee. Tanto los libros buenos como los malos te servirán de motivación, aunque por una razón diferente. En una entrevista que Juan Gustavo Cobo Borda le hizo a Gabriel García Márquez, este último decía: 

“Estando un día en Valledupar, con un calor espantoso, en un hotel, me llegó la revista Life, enviada por esos locos de Barranquilla. Allí estaba El viejo y el mar, que fue como un taco de dinamita. Porque lo que pasa, Cobo, es que los novelistas son unos lectores diferentes al resto de los humanos. Sólo leen para saber cómo están hechos los libros. Se trata de una lectura puramente técnica, para desarmar el libro y ver cómo está cosido por dentro".

Presta atención a los cambios de ritmo, los recursos que utiliza el autor para hacer saltos atrás, para referirse a otros personajes, describir escenas, cambiar de punto de vista, forma verbal, etc. El principal problema que tiene esto es que leer se convierte en un ejercicio menos placentero y más mecánico, pero es el precio a pagar por ganar el Pulitzer y que el mundo entero se rinda a tus pies.

Ah. Tampoco vale recurrir a la lectura caaaaaada vez que te falte fuerza de voluntad, porque eso no va a hacer que el texto se escriba solo. Lo he intentado, y no funciona. Lo juro.

19. Escribe.

Este último consejo parece bastante obvio, ¿no? Si te gusta escribir, parece que incluir un consejo que dice que escribas es de perogrullo. Del género idiota, vamos. Pero no lo es, para nada. En Jurassic Park, al descubrir que en una isla sin hembras han aparecido nuevas crías de velocirraptor, el profesor protagonista dice eso de "La vida se abre camino" (o algo así, mi memoria no es ningún prodigio). Eso es justo lo que pasa.

Tú quieres escribir, pero la vida se abre camino. Aparece Internet, la televisión, Netflix, HBO. Aparece hacer la compra, el trabajo, el hastío, el cansancio y la falta de concentración. Aparece el lavavajillas, la lavadora y limpiar la casa (de esto último no soy culpable, entre nosotros). Aparece Facebook, Twitter, Instagram, Whatsapp y el blog. Aparece tu pareja que con todo el derecho reclama algo de atención, los amigos, una tarde de vinos, la resaca, las vacaciones y los viajes. Aparece la duda, la soledad, la inseguridad, la sensación de que no acabarás nunca, la pregunta de por qué escribes, el sentido de tu vida y de qué coño estás haciendo con ella.

Tú quieres escribir, pero la vida se abre camino.

La cuestión es que hay que encajar los ratos de escritura en ese puzzle en el que parece que no cabe y al mismo tiempo arrinconar tus dudas y el cansancio. Pactar un tiempo para ti y recompensar esas concesiones. Buscar lugares sin conexión a Internet si tú no eres capaz de desconectar, dejar de mirar el móvil cada 5 minutos, utilizar alguna técnica de productividad sencilla como la del pomodoro, comprar unos tapones y buscar un sitio que te permita un mínimo de concentración. Sacrificar parte de tu tiempo de ocio, dormir menos, aprovechar cada minuto. Saltarte alguna sesión de vez en cuando, asumir que unas cartas te han tocado y otras las has elegido tú, y dejar de quejarte. Ahora que lo leo, me parece que suena muy motivador. No era mi intención.

Y esto es todo lo que tengo que decir sobre ello. Me voy a leer, que se me escurre la vida entre los dedos.

Consejos de escritura (VI)

Vamos con la sexta entrega (las anteriores, aquí: primera, segunda y terceracuarta y quinta). Como veréis, he cambiado el título de la entrada y estoy haciendo algunos cambios en el blog que tenía pendientes desde que acabé la novela. Cambio de categorías y etiquetas, reorganización, un logo nuevo, perder el tiempo como un poseso y otras cosas del comer. Vamos allá.

15. Esas malditas frases. 

Cuando te pongas a revisar, es normal que de vez en cuando encuentres una frase o un pequeño párrafo que no te encaja, que no transmite esa idea difusa que tienes en la cabeza, pero que por muchas vueltas que le das no acabas de ver la forma de arreglar. Cuando eso pasa, lo más habitual es cambiar esta o aquella palabra buscando un sinónimo, o alteres el orden de los elementos, pero tampoco así logras dar con la solución. El problema radica en esa manía que tenemos de tratar de aprovechar lo que ya hemos escrito, cuyo contexto, estructura y léxico condiciona las posibles alternativas. Si te atascas, ignora lo que has escrito e intenta escribir la frase o el párrafo de cero. Sí, quizá puedes aprovechar parte de lo anterior, pero la idea es que no escribas sobre ella, sino que lo hagas en un espacio en blanco. Así es más probable que encuentres una forma de decir lo mismo con otras palabras.

16. Mantén un estilo clásico. 

No me refiero a que escribas como Homero o Cervantes, sino a que limites el grado de innovación a unos niveles razonables. No eres (somos) James Joyce ni Thomas Bernhard. A no ser que seas un autor consagrado (en cuyo caso no estás leyendo estas líneas) o tengas tu propia editorial, intenta no pasarte con el grado de transgresividad, si quieres ver tu obra publicada o al menos que sea leída. Nadie duda de que seas un genio de la literatura, pero es preferible que esperes un poco a demostrarlo; no es necesario desplegar todos tus recursos en la primera novela. Quizá sea cierto eso de que las reglas están para romperlas, pero quizá no todas el mismo día, y como leerás en muchos lugares, para romperlas antes hay que conocerlas. Dicho eso, ya sabes: es tu obra. Si sientes que esa es tu forma de escribir y que suavizarla es una traición a tu estilo, adelante.

17. Guarda un equilibrio entre mostrar y contar. 

Probablemente hayas leído esto en muchos libros y blogs sobre escritura. El ejemplo típico es el del tipo que se enfada. No es lo mismo decir "Juan estaba furioso" (contar) que decir "Juan golpeó la mesa con los puños cerrados y toda la oficina se giró al escucharlo gritar" (mostrar). Si lo muestras todo, puedes ralentizar el ritmo en exceso e inundar el texto de detalles que no son necesarios, y si lo cuentas todo, dejarás a los personajes y la acción en la superficie. Por ejemplo, cuando se enfada, María grita tanto que se le oye en todo el edificio, mientras que Elena no pronuncia una palabra, sino que coge las llaves de casa y desaparece hasta que se le pasa dos horas más tarde. Si dices "Al escuchar eso, María/Elena se enfadó" sin más, estás reduciendo dos comportamientos muy diferentes a una única palabra.

Por supuesto, siempre hay un pero. El primero es que si Elena o María es la estanquera, que se ha enfadado porque le hemos dado el cambio en monedas de veinte céntimos, y no vamos a volver a verla ni su reacción va a tener ninguna implicación en el personaje que protagoniza la escena, nos importa poco lo que haga cuando se enfada. Como si se corta la falange del dedo meñique (si va a hacer eso, quizá debamos valorar incluirlo). Por otro lado, incluso con los personajes principales, no es necesario un párrafo de diez líneas cada vez que sea necesario describir un rasgo de personalidad. A menudo, un pequeño diálogo, una escena o un par de frases bien escogidas y ubicadas en el texto es suficiente. Si Juan tiene problemas de ira, dedícale a esos problemas un espacio proporcional a la importancia que tienen en la historia.

 

Hasta aquí, los consejitos de hoy. En unos días, la siguiente entrega. Si te ha parecido interesante, compártelo con tus seguidores, mascotas, amigos y enemigos. 

Consejos de escritura (IV)

Si acabas de aterrizar por aquí, esta es la cuarta entrega de una serie en la que recojo algunas lecciones aprendidas durante los tres años y pico que me ha llevado escribir Yunque. Lo que significa que debes darle a estas entradas el valor que merecen (lo que es algo que deberás determinar tú), ni más ni menos. 

Puedes echarle un vistazo a las anteriores entregas en los enlaces siguientes: primera, segunda y tercera. La última entrega versaba sobre la longitud de las frases, aunque me entusiasmé y acabé con un par de ejemplos. Hoy vamos a comenzar con una recomendación similar. 

11. Aprende a leer el ritmo de las escenas.

Ya vimos en la última entrada que si no es absolutamente necesario, no deberías incluir frases demasiado largas. Y aunque "demasiado" es un término cargado de subjetividad, seguro que puedes hacerte una idea aproximada. En el otro extremo, tampoco es aconsejable utilizar "demasiadas" (vaya, otra vez) frases cortas. Debo aclarar que con el término frase me refiero a un conjunto de palabras separadas exclusivamente por espacios y comas; un punto o un punto y coma divide dos frases. En definitiva, se trata de saber "leer" el ritmo de la escena, utilizar las frases cuya longitud se adapte mejor y alternarlas para que no se pierda el efecto (tres docenas de frases de menos de 5 palabras no transmiten ritmo, aburren). 

Eso lo que a menudo se define como "musicalidad" del texto, palabra que define bien esta recomendación. Claro que una canción de Skrillex se puede tocar con guitarra o incluso oboe, pero no sonará igual y en muchos casos, no transmitirá lo que el autor pretendía cuando compuso el tema (es decir, volverte loco). Es más, es probable que haga falta mucho más esfuerzo para que suene a algo decente si se utiliza un instrumento distinto al original.

Dicho de otra forma, claro que puedes describir una persecución policíaca utilizando solo frases largas, pero asegúrate de que logras la velocidad y el tono del texto que la escena necesita, y no que has impuesto un estilo demasiado pausado solo porque te gusta o se te da mejor la prosa densa.

12. Coge distancia del texto y sumérgete en él casi hasta que lo odies. 

Durante el tiempo que me ha llevado escribir Yunque, ha habido meses en los que no he tocado una coma, mientras que otros me los he pasado obsesionado con la historia, escribiendo (revisando, más bien) varias horas al día. Ambas cosas son necesarias.

La primera te sirve para volver a entrar en la historia casi como si fuese nueva o incluso hubiese sido escrita por otra persona (lo que dependerá del tiempo que lleve el manuscrito en barbecho), y la segunda para identificar posibles mejoras e incoherencias del argumento y unificar el estilo y la voz (si han pasado seis meses entre dos capítulos, la voz puede llegar a discrepar bastante de uno a otro). Solo hay que tomar dos precauciones: no alejarse tanto del texto que jamás regreses a él, y no sumergirse tanto que acabes ahogándote (lo que en última instancia conduce a abandonarlo).

13. Recorta... pero no te pases. 

Este es otro de esos consejos habituales: recorta, recorta y recorta. Sin embargo, es una de las recomendaciones más complicadas de seguir, porque aparte del componente subjetivo, no creo que haya nadie a quien no le moleste eliminar esa digresión existencial del personaje que le ha quedado tan estupenda y que le costó tantas horas escribir, pulir y sacar brillo. Sí, ha quedado fantástica, pero analiza si es necesaria. ¿Detiene el ritmo del capítulo? ¿Es coherente con el personaje? ¿Aporta algo a la historia?

Si la respuesta a las tres preguntas es "no", lo más probable es que la tengas que amputar. Sin embargo, puedes optar por soluciones alternativas. Si ralentiza el ritmo, quizá en otro lugar del texto encaje bien. Quizá no sea adecuado para ese personaje, pero sí para otro, o incluso la puedas adaptar para el narrador. Si no aporta nada a la historia, es posible que puedas reorientar la escena para que lo haga, aunque tampoco trates de encajar una escena simplemente porque te has enamorado de ella; recortarla no implica eliminarla de la faz de la tierra y olvidarte de ella. A lo mejor la puedes desarrollar en un relato independiente, o incluirla en una futura obra. Si es buena, seguro que puedes encontrarle un nuevo "hogar".

Cuando acabé el primer borrador, incluso aunque durante la escritura de este iba haciendo pequeñas revisiones del texto, me planté en 154000 palabras. La versión final del manuscrito tiene 136000 palabras, lo que supone una reducción de casi el 12 %. ¿Hay párrafos o escenas que podría haber eliminado? Es probable, pero no lo hice porque tenía dudas (y lo confieso, alguno me dolía demasiado). En el otro extremo, ¿es posible que eliminara partes que podía haber dejado? También, aunque nunca lo sabré. La cuestión es que no hay una regla de oro. Escribir no es una ciencia exacta, así que no te obsesiones. Si la miras objetivamente y estás convencido de que cumple un papel, aunque sea de extra secundario, déjala.

 

Hasta aquí, las lecciones, consejos, recomendaciones de hoy. En unos días, la siguiente entrega. Si te ha parecido interesante, compártelo con tus seguidores, mascotas, amigos y enemigos

Consejos de escritura (III)

Hace unos días comencé una serie de entradas con la intención de mostrar algunas de las lecciones aprendidas durante los tres años y pico de escritura de Yunque. Eso ya lo saben. No les voy a resumir el contenido de las entradas anteriores (la primera y la segunda), para eso las escribí.  En la tercera entrega, es decir, esta, vamos a ver solo una lección adicional, aunque considérenlo en gran parte un ejercicio de estilo personal.

Insisto en lo que ya dije en la anterior entrada. Esto son comentarios, recomendaciones, consejos, lecciones aprendidas de mi propia experiencia, por lo que es responsabilidad del lector otorgarles la importancia que merecen (que es mucha, como no podría ser de otra manera). Vamos allá con el punto 10.

10. Cárgate las frases eternas.

Esto requiere una introducción. La semana pasada, al enterarse una amiga de que había por fin terminado Yunque, me comentó que conocía a alguien que había publicado una novela, y le dije que hablase con dicha persona con el objeto de ver si me podía pasar algún contacto. No hubo suerte, pero como soy un envidioso de los peores (no bromeo), al conocer su nombre entré en Amazon y descargué una muestra del libro. La muestra contiene los dos primeros capítulos. Bien. La longitud de la primera frase del libro es de aproximadamente unas 450 palabras, más o menos una página y media. Un número indeterminado de incisos sobre incisos, frases anidadas que se alargan varias líneas, unas encima de otras como platos en el fregadero esperando que alguien los limpie. Medio centenar de comas y varias acotaciones acaban llevando al lector por un camino de estupefacción hasta un punto y aparte en el que ha olvidado el lugar del que partió, qué es lo que hace allí y cómo ha llegado. Tuve que leer la frase varias veces para apartar de mi cabeza los incisos descriptivos a propósito de cada personaje, y descubrir la  escena que estaba planteando la autora. Aunque en el resto de la muestra no hay frases tan largas, sí hay cierta predilección por este tipo de estructuras. 

Si obviamos el pecado irresoluble y capital que supone hacer eso en la primera página del libro, una frase de tal longitud es un factor importante para coger el libro y sin darle una segunda oportunidad, volver a dejarlo en el montón. Quizá Pynchon, DFW o William Gaddis se puedan permitir una frase así (de hecho, en Jota Erre, Gaddis divide los confusos e interminables diálogos con párrafos descriptivos sin un punto), pero estarán de acuerdo conmigo en que no somos ninguno de ellos y además se cuidan mucho de hacerlo en la primera página. 

Mi regla (general) es que si a mitad de la frase necesito volver atrás porque no recuerdo qué estaba contando (o leyendo), es que la frase es demasiado larga. Tengo la impresión de que las frases largas y complejas nos gustan a los noveles y pensamos que son más sofisticadas, pero no, no lo son. Son solamente pedazos de comida demasiado grandes, que necesitan estar muy bien cocinadas para que podamos tragarlas de un bocado.

Ese era el consejo. Para cerrar la entrada, veamos un par de ejemplos que me acabo de sacar de la manga. Si consiguen llegar hasta el final, tengan compasión.

 

         «Eché un vistazo al cartel que tenía sobre la puerta, alumbrado por un par de pobres focos, y una vez hube comprobado que estaba en lo cierto, abrí la puerta y allí estaba ella, la mujer de Andrés, un viejo amigo de quien hacía bastante que no sabía nada y del que si algo se podía decir es que al hablar no se andaba por las ramas, una cualidad sufrida en varias ocasiones y más recientemente en nuestra última reunión a propósito del cumpleaños de su hijo menor, mirando su móvil y probablemente cansada de esperar, porque en su mesa de madera vieja, o quizá envejecida artificialmente, había dos botellines de cerveza vacíos, que no obstante luego recapacité y pensé que a pesar de mi primer impulso quizá fuesen del cliente anterior, porque luego me di cuenta que el camarero iba y venía con grandes zancadas por el suelo de madera del aquel pequeño pub irlandés, agobiado moviéndose a toda velocidad por el local atolondrado como pollo sin cabeza, si es que se me permite utilizar tal expresión, atendiendo como malamente podía las peticiones y reclamaciones de un grupo de adolescentes maleducados que comenzaban a estar borrachos como cubas y que con gritos y carcajadas lo llamaban desde el otro extremo como si fuese un perro faldero, la cual era probablemente la razón de que hubiese desatendido no solo la mesa de aquella mujer, sino también a una docena de clientes que se agolpaban contra la barra, empujándose unos contra otros como si se tratase de competir por la atención del único empleado, varios de ellos con cara de pocos amigos y otros tantos preguntándose probablemente qué narices hacían allí como si en lugar de clientes fuesen ellos los camareros, algo a lo que este solo acertaba a disculparse encogiéndose de hombros y asintiendo a las quejas y reclamaciones mientras cabeceaba y ponía gesto de disculpa, quien sabe si fingida, al tiempo que se daba la vuelta y cogía una jarra de sangría, la llenaba de hielos y vaciaba en ella el contenido de un tetrabrik de Don Simón que luego acompañaría al anterior envase en el cubo de basura orgánica, evidentemente no la que le correspondía, y mientras miraba todo aquello con cierta estupefacción, acostumbrado como estaba a la tranquilidad de mi habitación, levanté la mano con timidez, me acerqué a ella y la saludé con dos besos en la mejilla».

 

* * *
           

El segundo ejemplo se puede encontrar en este relato "Luna".

 

* * *

 

Y con estos dos ejemplos lo dejamos por hoy. En unos días, la siguiente entrega. Si te ha parecido interesante, compártelo con tus seguidores, mascotas, amigos y enemigos. 

Consejos de escritura (II)

Hace unos días comencé una serie de entradas con la intención de mostrar algunas de las lecciones aprendidas durante los tres años y pico de escritura de Yunque. La primera entrega se centró en las principales lecciones. Es evidente y redundante, lo sé. Muy brevemente, son: termina el primer borrador, revisa, revisa y revisa, y abandona cuando creas que ya no hay errores y está todo lo bien que es posible (es decir, que el margen de mejora es insignificante respecto al beneficio o el riesgo de añadir nuevos errores).

A partir de aquí, vamos a ir viendo otras lecciones "secundarias" pero que pienso que pueden ser de utilidad, aunque solo sea para no tropezar dos veces en la misma piedra. Nótese que son solo consejos, recomendaciones, comentarios a partir de mi experiencia, así que queda a criterio del lector asumirlos con la importancia que les corresponde. Vamos allá.

5. Revisar es una mierda

Si no lo has hecho nunca, lo descubrirás pronto. Cuando has leído tu propio texto una docena de veces, analizando cada frase, es muy probable que acabes harto de tu propia historia y también que te parezca aburrida (en mi defensa diré que gran parte de los capítulos todavía me parecen interesantes cuando los leo, aunque no sé si puede ser amor de madre). Que estés tan metido en la historia que pierdas la perspectiva: ¿estoy explicándolo bien? ¿Está bien escrita? ¿Este personaje tiene sentido o lo he desarrollado poco? ¿Me cargo este capítulo? ¿Debería aclarar un poco más este giro argumental? Es útil recurrir a personas que te den una visión externa y te ayuden a ver los puntos flacos y las fortalezas de la historia y de la calidad del texto. Pero ya sabes: no te obsesiones. Presta atención a lo que te dicen y aplica aquellos cambios con los que objetivamente estés de acuerdo. Y sigue revisando. 

6. Ten clara la secuencia temporal de tu historia.

Ten clara la secuencia temporal lineal de tu historia de principio a fin. Si como suele ser habitual, tu texto hace flashbacks en los que diferentes acontecimientos incluso se solapan, o el texto comienza a mitad de la historia, es fácil que se te despiste la coherencia temporal. Es decir, que un suceso A que en un punto de la novela pasa antes que un suceso B, varios capítulos después muestren un orden diferente.

Es necesario tener claro cuál es el orden temporal, con independencia de cómo lo cuentes luego en el texto. No hace falta que pienses en ello mientras escribes el primer borrador, pero una vez lo tengas, enumera en un folio los capítulos en el orden temporal que transcurrirían y comprueba que todo encaja y que las referencias cruzadas están bien. Esto es aún más importante si a lo largo del texto utilizas fechas y edades, lo que nos lleva al siguiente punto.

7. Ubica a cada personaje temporalmente.

En Yunque hay tres personajes principales y tres secundarios, a lo largo de más o menos un par de décadas, en un total de 35 capítulos. Si a eso le añadimos varios flashbacks de la historia, el resultado es que era bastante fácil meter la pata con las edades de cada personaje si no llevaba un control de qué edad tenía cada personaje en cada momento de la historia. 

Para evitar eso, hice una pequeña hoja Excel (que colgaré en unos días) para llevar un seguimiento de los acontecimientos y la edad que tenía cada personaje en cada uno de ellos, que puede ser útil. Dicho de otra forma, si incluyes una escena erótica, asegúrate que por error uno de los personajes no tiene 9 años porque cuando hablaste de su infancia lo ubicaste 8 años después que su compañero de escena. 

8. Utiliza un programa para escribir.

Si vas a escribir un relato corto o un microrrelato, cualquier cosa te servirá, incluso el notepad. Pero si tu obra se divide en capítulos, utiliza un programa que te permita fácilmente moverte entre ellos, poder abstraerte del formato, organizar el texto, etc. En mi caso, es imposible decir lo útil que me ha sido Scrivener. No es el único programa para ello, pero de todos los que he probado (que admito que tampoco han sido muchos), es el mejor, y vale cada céntimo que cuesta. No obstante, si antes quieres probar otros, atiende al siguiente punto.

9. No te pierdas en la búsqueda y prueba de herramientas.

Decía antes que utilizar un programa que esté orientado a escribir es casi imprescindible. Lo es, pero no pierdas la perspectiva. Aplicaciones hay a puñados, para el PC y para el móvil. Para elaborar el argumento, para escribir, para crear los personajes, para tomar notas, etc. Pero recuerda que lo que te gusta es escribir, no probar todas y cada una de las herramientas disponibles en Internet o leer cada entrada que recomienda una docena de aplicaciones diferentes.

Si has encontrado un método o aplicación (o conjunto de) que te encaja, deja de buscar. Y no te equivoques; en la mayor parte de los casos, el notepad, Excel o incluso un simple folio será suficiente para llevar un seguimiento de lo que necesites (personajes, eventos destacados, detalles que quieres añadir en la siguiente revisión, errores detectados, etc.). El resto es una excusa para no sentarte a escribir.

Hasta aquí, las lecciones, consejos, recomendaciones de hoy. En unos días, la siguiente entrega. Si te ha parecido interesante, compártelo con tus seguidores, mascotas, amigos y enemigos.