Breve, ocho

Decía hace unos días la presidenta del Congreso Ana Pastor que va a eliminar las palabras «fascista» y «golpista» del diario de sesiones del Congreso porque esos diarios se leerán dentro de cien años, y visto lo visto, esos diarios no iban a decir nada bueno de nuestros políticos.

Lo cierto es que, más bien al contrario, a mí no se me ocurre una razón mejor para no tocar ni una coma de esos diarios que el hecho de que alguien los pueda leer dentro de cien años.

* * *

Cómo me llama la atención la cantidad de informaciones en prensa y televisión que están saliendo sobre las pseudoterapias en los últimos meses, que tienen en general la misma fiabilidad que esas mismas pseudoterapias que critican (las que, sin entrar en detalles innecesarios, no apoyo, en cualquier caso).

Hace unos días aparecía en elpais.com uno de esos artículos: «Dos millones de españoles han sustituido un tratamiento médico por pseudoterapias».

Bien, dos millones de españoles. ¿Cuántos de esos dos millones tenían una dolencia grave y habían abandonado terapias convencionales poniendo en riesgo su vida? ¿Cuántos habían probado N+1 terapias convencionales sin ningún éxito ni mejora significativa? ¿Por qué se trata de vender las terapias convencionales (y en general, la medicina) como técnicas infalibles?

Con tanto bombardeo, me resisto a creer que no haya más intereses detrás de este bombardeo que los puramente altruistas de preocupación social y salud pública. O, visto de otra forma, ¿por qué no se habla de cuánta gente muere por no ser atendida a tiempo por el sistema nacional de salud?

Es la mano de obra cualificada, idiota

 Foto: Google

Foto: Google

Cada vez que leo una noticia sobre la conducción autónoma, la robotización industrial o la “inminente” aparición de la automatización de alguna conducta humana, surge en los comentarios la cuestión de la destrucción de empleo.

Y automáticamente alguna persona (bienintencionada, qué duda cabe) argumenta que ese nuevo lo-que-sea creará puestos de trabajo cualificados. Sin embargo, eso cada vez más me parece una excusa (o un argumento, dependiendo de si creemos que eso va a ser así o no) para mirar a otro lado, sobre la que en realidad, intuyo que esa bienintencionada persona no ha reflexionado lo suficiente.

Es más, aunque eso sea así, aunque efectivamente se creen puestos de trabajo cualificados (cosa muy probable, de hecho), quizá sea hora de echar un vistazo sincero al ratio creación-destrucción de empleo, en una sociedad en la que el desempleo y la precariedad no tiende a disminuir, sino a incrementarse, y plantearse qué va a pasar con toda la mano de obra no cualificada que se va quedando por el camino, para la que la reorientación laboral no es una alternativa, no solo por edad, sino porque han de competir por nuevas "hornadas" de nuevos jóvenes ya "reorientados".

Tan fan como soy de las nuevas tecnologías, si vamos a confiar ciegamente nuestra sociedad a un futuro incierto liderado por multinacionales tecnológicas, que evidentemente tienen sus propios intereses y agenda, al menos sería conveniente dejar de repetir el mismo mantra de la creación de la mano de obra cualificada (que, en realidad, quizá no esté tan bien remunerada) y asumir que el destino de una gran parte de la población es irrelevante para estos nuevos procesos y gigantes tecnológicos... y en gran parte, para muchos de nosotros, es decir, los que no vivimos en los márgenes.

Nota al margen: ya sé lo que pasó con los artesanos y muchos otros gremios antes y después, ante la aparición de nuevas tecnologías. Pero quizá sería bueno (y un tanto iluso) esperar algo mejor varios siglos más tarde, y dejar de establecer comparaciones socioeconómicas de realidades demográficas y culturales absolutamente diferentes que no se sostienen por su propio pie.

Humor irreverente

 Rober Bodegas

Rober Bodegas

Hace unos días, un amigo periodista se lamentaba de la próxima muerte del humor irreverente o negro, a raíz, creo —me he enterado por la radio esta mañana—, de unos chistes "sobre gitanos" de Rober Bodegas (Pantomima Full) que han levantado cierta polémica, amenazas de muerte incluidas. Comentaba mi amigo que en unos años nadie podrá hacer chistes de negros, gitanos o gangosos, y es posible (no sé si probable) que así sea. O quizá se puedan hacer pero a nadie le hagan gracia. O quizá tampoco haya que ponerse tan apocalíptico. Sin embargo, creo que apuntar al yugo de la corrección política (que existir, existe) es un recurso fácil.

Si echa uno la vista atrás, el humor, especialmente el más casposo, está repleto de chistes fáciles sobre lesbianas y gays, mujeres, negros, chinos, gangosos, gitanos, gordos, etc., que basan la gracia en la ofensa: la burla de características particulares, diferenciales y nucleares de cada colectivo. Repito: diferenciales, lo que ya da una pista de por dónde van los tiros. De hecho, cuesta encontrar chistes que se mofen de la heterosexualidad, ser blanco, u occidental, o clase media, porque en muchas ocasiones la gracia emana de la ridiculización de las diferencias con el patrón base, al que, todo sea dicho, mi amigo y yo nos aproximamos bastante, aunque él sea gallego y eso no deje de ser una discapacidad.

Si dos hombres gays son protagonistas de un chiste, el chiste se centrará en el hecho de que son gays. Si lo son dos mujeres de clase media, en que son mujeres. Dicho de otra forma, si se hace un chiste sobre dos personas que se encuentran en la calle e inician una conversación, por defecto se asumirá que son hombres blancos heterosexuales y todo lo demás. Por supuesto que hay excepciones, pero no son la norma. Sabremos que son gays o lesbianas, mujeres, negros o murcianos porque hablarán de pollas o coños, de maquillaje y tacones, del color de su piel o dirán "acho". En cualquier otro caso, los protagonistas se ceñirán al patrón base y su sexo, color de piel u orientación sexual será irrelevante para el chiste, porque ni siquiera se mencionará. A ver si lo que nos gusta del humor negro es que se ríe del otro, porque aunque reírse de uno mismo es algo muy sano, no a todo el mundo le hace tanta gracia, lo que irremediablemente provoca que haya menos humoristas dedicados a explotar el chiste que supone un hombre blanco occidental llorando por no poder ir a una manifestación de mujeres, lo que es una pena. Que nos lamentemos por no poder reírnos de los gitanos también tiene su gracia, las cosas como son.

En el pasado a la gente le hacía gracia tirar cabras de campanarios (en fin, hay algunos desgraciados que lo siguen haciendo), hasta que empezamos a pensar que era una salvajada. Quizá reírse de los gitanos o los gangosos o los maricones sea algo parecido y sea el momento de empezar a asumirlo. O eso, o empezamos a tirar desgraciados desde campanarios, a ver cuántos se ríen entonces. Me da que serán pocos. Ya me pillan la analogía.

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Notas al margen.

  1. Como consuelo para mi amigo, es muy probable que al otro lado del charco —que a pesar de todo, en algunas cosas nos llevan algo de ventaja— las humoristas lesbianas y los gays, los negros, los gordos o los discapacitados, estén ya trabajando en chistes en los que además de reírse de ellos mismos, a cuya mofa están sin duda acostumbrados, nos tengan como protagonistas de sus burlas a nosotros, a los privilegiados hombres blanquitos heteros occidentales. Eso sí sería una fantástica noticia para el humor.
  2. No creo que los chistes sobre fusilados sean comparables a los chistes de gitanos. Y también opino que el humor negro es mucho más amplio que el de gangosos o chinos que hablan con la ele; seguirá existiendo, aunque deje de tener como protagonista a la menstruación, a la pluma o la obesidad.
  3. Estoy totalmente en contra de las amenazas de muerte (especialmente si van contra mí). Lo cual no invalida, de todas formas, el argumento. Que haya gitanos ofendidos esgrimiendo amenazas de muerte no implica que tengan razón, pero tampoco que dejen de tenerla (con lo de matar sí, con eso no tienen razón).
  4. Una de las paradojas de la cuestión es que Pantomima Full basa su humor en reírse del hombre blanco hetero de clase media (el moderno, el turista, el listo, el de los festivales, etc.), aunque desde un punto de vista superficial y sin atacar a la raíz: su orientación sexual, su color de piel, su sexo. Es un buen intento, pero le falta el chiste realmente que ofenda, que duela, que siente mal.
  5. La imagen del post es de David Pareja, que tiene una buena reflexión en twitter al respecto sobre la doble vara de medir. Ver hilo.

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De todas formas, ¿a quién coño le hace gracia un puto chiste de gitanos? ¿Qué somos ahora, Esteso y Pajares?

Breve, tres

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No sé si han leído el libro Me llamo Lucy Barton, de Elizabeth Strout. Yo lo devoré en el breve viaje por trabajo —de negocios, que diría alguno— que hice hace unos meses a Estrasburgo. De manera lo más acertada y breve posible que soy capaz, que no es mucho, diré que trata de la relación que tienen una madre y una hija que no se llevan especialmente bien, cuando la última está hospitalizada y la primera va a cuidarla.

Entre todas las ideas que contiene, hay una a la que en el pasado he dedicado algo de tiempo a pensar, y que la protagonista menciona explícitamente en un momento —aunque la idea emana de la totalidad del libro—: lo poco que conocemos a nuestra madre y a nuestro padre.

Dejando de lado familias desestructuradas y desavenencias familiares, convivimos con estas personas durante décadas, y continuamos teniendo una relación más o menos cercana durante muchos años más. Sin embargo, si echa uno la vista atrás, se da cuenta de que apenas sabe nada de ellos, y en parte creo que el sentimiento puede ser recíproco. No somos mutuos desconocidos, pero ¿qué sabemos realmente de la otra persona? ¿Qué hay de sus sueños, fracasos, horas bajas, triunfos, esperanzas y decepciones? ¿Cuándo fueron realmente felices y cuándo realmente desgraciados? ¿Cuántas veces han llorado, o se han sentido eufóricos al borde del grito? ¿Qué decisiones quisieron tomar y no pudieron o no se atrevieron, qué decisiones tuvieron que tomar a la fuerza? ¿Qué les da miedo, qué les aterroriza, qué les entusiasma? ¿Cómo les hubiera gustado que hubiese sido su vida, si echaran la vista atrás, qué esperaban de la vida cuando eran unos adolescentes? ¿Quién les dio el primer beso, cómo se enamoraron, cuántas veces y por qué discutieron antes de tenernos? ¿Qué sacrificios han tenido que hacer y ocultar?

¿Cómo son esas dos personas cuando no son nuestra madre y nuestro padre? 

Fracasos

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Siempre me he considerado un gran aficionado al cine, sin demasiado criterio probablemente, pero aficionado después de todo. Pensándolo dos veces al mismo tiempo que lo escribo, quizá lo que me atraiga en realidad sean las historias, y ver películas —buenas, malas o regulares— es una actividad que a cambio de poco tiempo y esfuerzo proporciona una cantidad adecuada de mi sustancia preferida. Eso se lo debo (y agradezco) sin duda a mi padre, que en en materia cinematográfica tiene la misma versatilidad que yo. Sirva esto como breve introducción.

Running es una película de 1979 protagonizada por Michael Douglas, y que, aunque no es, a decir por las críticas, una gran obra, recuerdo con bastante intensidad. No les voy a molestar con la sinopsis más de lo necesario, solo les voy a destripar el final. Michael Andropolis es un hombre que ha fracasado en todos los ámbitos de la vida: profesional, familiar y social. Un pobre tipo en proceso de divorcio, despreciado por sus hijas, sin trabajo ni perspectivas de encontrarlo y con un largo historial de decepciones y proyectos incompletos a sus espaldas —incluida su frustrada trayectoria como joven atleta—, y al que lo único que le reconforta es correr.

Un buen día, como manera de reconciliarse con la vida, Andropolis se levanta con la intención de representar a su país en la maratón de los JJ. OO. de Montreal. Tras mucho entrenamiento y algo de suerte, se hace con una de las tres plazas que representan a su país. Para sorpresa de todos, el día de la competición dosifica sus fuerzas y a mitad de carrera comienza a distanciarse en cabeza del grupo principal. Por primera vez, la suerte parece sonreírle a Andropolis.

Entonces aparece la vida. Al girarse en una curva para medir la distancia que le separa de sus perseguidores, resbala con unas hojas y cae al suelo bruscamente. Allí, tirado en la cuneta y herido en el hombro y las piernas, permanece durante horas, mientras el resto de los corredores atraviesa la meta. Anochece y las calles se abren al tráfico. Entonces, contra todo pronóstico y su propia historia personal, contra todo lo que cabría esperar de él, resuelto a evitar que la carrera se convierta en otra decepción, logra llegar al estadio, donde el público le recibe eufórico con aplausos.

Supongo que la película debe leerse en clave de superación: a pesar de las circunstancias, Andropolis se pone en pie, encara su situación y acaba la carrera. Sí, se reconcilia con su familia y demuestra que es capaz de enfrentarse a los problemas, de acuerdo. Sí, él tenía buena parte de culpa en todos sus fracasos, y eso es un cambio. De acuerdo, de acuerdo, de acuerdo. Sin embargo, nunca he sido capaz de darle esa lectura, y recuerdo la escena de la caída como un momento realmente amargo, cruel incluso. Tras una existencia marcada por el fracaso y la decepción, cuando solo queda una única cosa a la que aferrarse, qué importa de quién sea la culpa, qué importa incluso si lo merecías o no, no tuviste la culpa, es cierto, pero fallaste de nuevo.

No sé la edad que tenía cuando vi la película, pero me viene a la memoria, frustrado e incluso hundido, haberle preguntado aquella tarde a mi madre por la justicia de aquello. A lo que ella me contestó que hay personas que simplemente no tienen suerte. Quizá el tiempo se haya sacado esa frase de la manga y mi madre nunca la pronunciara, pero eso es lo de menos. Es algo de lo que me acuerdo de vez en cuando. No importa el esfuerzo, la dedicación o las ganas, hay ocasiones en las que la suerte no aparece, en las que querer no es poder, y así es la vida. Y eso no es bueno ni malo. Es simplemente así.

El hombre y la mierda

Ayer estuvimos en Rascafría, donde el año pasado subimos a propósito de una gran nevada que había caído tan solo hacía un par de días. Teníamos la esperanza de que la experiencia se repitiese, pero por desgracia, en esta ocasión hacía ya varios días que había nevado y en lugar de la nieve polvo de la última vez, nos encontramos con un paisaje igual de blanco pero significativamente más sólido y por tanto menos mágico. Tampoco tuvimos la suerte de que hiciese sol, así que la visita fue relámpago.

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Imbéciles

Propongo que tratemos a los imbéciles como a imbéciles. 

Por su bien, el nuestro, el de la Humanidad y el del planeta y todos los seres que lo habitan, dejemos de enmascarar la realidad. Dejemos de tratarlas como personas que razonan, que tienen opiniones fundamentadas e incluso son capaces de cambiarlas, que comprenden el mundo en el que nos movemos, sus complejidades e injusticias, que tienen propósitos que van más allá de ellos mismos. No podemos considerarlas por más tiempo como individuos con los que se puede tener una conversación productiva o ni siquiera educada, que van a mejorar este mundo, con las que es posible un intercambio de impresiones con un mínimo de racionalidad. Es la hora de dar un paso adelante y hacerles comprender y asumir que son imbéciles. Que eso les da unos derechos y les quita otros.

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Activismo de sofá

Una amiga de Facebook me enviaba hoy una invitación a un "evento" al que la habían invitado. El evento en cuestión propone no conectarse a la red social durante 24 horas como forma de protesta contra las políticas machistas y sexistas que dicha empresa aplica a discreción. Esto me recuerda en cierto modo a la reivindicación de algunos homosexuales para que la Iglesia Católica cambie su política respecto a la homosexualidad, aunque esa es otra guerra diferente en la que no voy a meterme (y también me abstendré de realizar comparaciones absurdas en torno a la idea de religión). Lo cierto es que dicho así suena un poco a chiste (¿24 horas sin conexión a Facebook? ¿Hasta ese nivel hemos bajado el listón?), aunque no es mi intención polemizar. O bueno, sí, qué coño.

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El patriarcado ataca de nuevo

Seguro que conocen esta foto. Lo más probable es que hayan leído a muchas personas criticar la vestimenta de la jugadora egipcia, el hijab. También habrán leído críticas por el hecho de que la alemana juegue con bikini. Otras personas criticarán la vestimenta de ambas y dirán que es fruto del machismo. Bueno, sí, pero no. Ojalá fuese tan fácil.

En un lado de la red, una religión que oprime a la mujer y que (dicho suavemente) coarta su libertad para mostrar su cuerpo; lo cual, dicho sea de paso, tiene un tufillo a superioridad cultural y etnocentrismo que echa para atrás (por si no tuviera bastante con la discriminación de género; léase interseccionalidad para más detalles). En el otro lado de la red, tenemos a una sociedad sexista (la nuestra) que también oprime a la mujer, y en la que el cuerpo femenino se exhibe como cualquier un objeto de consumo.

Con esas premisas, la conclusión a la que se llega es sencilla: ninguna de las dos mujeres sabe pensar por sí misma. Es necesario que alguien venga a criticar, de nuevo, cómo visten dos mujeres que juegan un partido de volleyball. A abrirles los ojos. A liberarlas de su ignorancia. A salvarlas.

Se me ocurre que a lo mejor son dos mujeres adultas que para jugar el partido se han puesto lo que les ha salido del coño de acuerdo a sus ideas, sus creencias y sus principios. Que a lo mejor es cosa suya y de nadie más. Todo lo demás vuelve a ser, de nuevo, el mismo patriarcado de siempre opinando sobre algo que no le atañe.

No hay más. Me vuelvo a la novela.

La explotación laboral en las ONG del "ámbito social"

Los que me conocen, saben que mi pareja se dedica a lo que yo llamo incorrectamente "el ámbito social", y que ella denominaría de una manera mucho más correcta y precisa. No importa. En su caso, colectivos desprotegidos o en riesgo de exclusión social: discapacidad intelectual, enfermedad mental, sinhogarismo o reclusos en tercer grado, entre otros. Una parte de sus amigos y conocidos también se dedican a lo mismo. Podríamos decir que en general, durante la última década ha trabajado para organizaciones muy conocidas y grandes del sector. Hablo tanto de ONG que se anuncian en televisión como de empresas multiservicios de ámbito nacional que, literalmente, "hacen de todo" (limpieza, jardinería, servicios sociales, seguridad, etc.). 

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