Fin de las reseñas literarias

He decidido dejar de reseñar libros. Es más, he eliminado aquellas reseñas ya publicadas, a excepción de una sobre Jota Erre (Sexto Piso), que más que una reseña es un comentario personal. Lo decidí el otro día, mientras podaba el blog y le daba brillo. Es, sin ninguna duda, una decisión dirigida en todo momento por el optimismo desmesurado, la soberbia, la ausencia de modestia y una versión del cuento de la lechera en la que yo soy el protagonista. Les explico. 

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Series (I): The Strain, Stranger Things, Fargo, The Wire, Catastrophe

A las buenas. Aprovechando que me han dejado de rodríguez y que acabo de rematar la temporada 1 de The Strain, se me ha ocurrido hacer una serie de entradas comentando algunas de las series que durante estos años hemos visto, hasta donde la memoria me permita y basándome en la impresión que me dejaron. Tranquilidad: como no tengo intención de desvelar detalles de las tramas, no me explayaré demasiado; para eso ya hay un montón de páginas. Dejaré fuera blockbusters del tipo Anatomía de Gray, House, Sexo en Nueva York, Friends y demás. No todos, según me dé. No tendría mucho sentido hacer una crítica de algo que todo el mundo sabe de qué palo va. Empecemos

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Jota Erre

Sigan, sigan. Sí, sí, ahí, debajo de la fotografía. Vayan, vayan, no hay nada que temer. Confíen en mí. No hay una frase que dé más miedo, ¿verdad?

 La imagen es de  Jason Auch  en Wikimedia Commons

La imagen es de Jason Auch en Wikimedia Commons

No sé si han caminado ustedes por un lugar como el de la imagen. No, imagino que no. Yo tampoco, por si acaso se lo preguntan. Tengan paciencia, enseguida verán a santo de qué viene todo esto.

Hace cosa de un mes comencé a leer uno de los libros que me regalaron por navidades: Jota Erre, de William Gaddis. No sé si les suena el libro o el autor. Probablemente no. No importa. Cuando lo pedí yo ya había leído sobre él en el blog La medicina de Tongoy (la imagen de la portada es de su blog), que hace una reseña fantástica, además de en algún otro sitio. Iba sobre aviso. Sabía que era "raro", pero después de La broma infinita de DFW (que está en proceso) y de La subasta del Lote 49 de Pynchon (al que le espera una relectura), estaba preparado para cualquier cosa. Así que después de tenerlo ocho meses esperando en la estantería del comedor, finalmente me decidí a abrirlo. He de adelantarles que no lo he acabado, pero sí (creo) que he llegado lo suficientemente lejos para poder escribir sobre ello. Ya voy, ya voy.

Vale, déjenme pensar. No sé cómo comenzar. Ah, sí. Ahora.

Imaginen que comienzan a cruzar un lugar como el de la fotografía saltando entre placas de hielo para ir de una orilla a la otra, sin nada más que sus propios pies. Comenzarán con miedo, porque no están acostumbrados: no saben si la placa sobre la que están se romperá o si la siguiente aguantará. Pero si continúan andando el tiempo suficiente, poco a poco irán ganando confianza (lo que no significa que se puedan relajar), y a medida que avancen se darán cuenta de que las placas son más sólidas de lo que pensaban y comenzarán a disfrutar de una fantástica experiencia. Sí, tengan por seguro que al principio mirarán hacia delante y tendrán miedo de fallar en algún salto y no llegar al final; se preguntarán qué hacen allí en medio de ese inhóspito lugar y querrán irse lejos de allí. Pero a veces, mirarán hacia atrás y se darán cuenta de que lo que antes era tan solo un montón de placas de hielo aisladas y diferentes entre sí, simples trozos de hielo, empieza a convertirse en algo: en un camino que no pensaban que existiese, al mirar cada placa, diferentes unas de otras.

Eso es Jota Erre. No sé si me siguen o se han quedado varados en el párrafo anterior. Bien, probemos otra forma. 

Jota Erre son casi 1200 páginas repletas de diálogos fascinantes sin atribución ni contexto en los que intervienen decenas de personajes, entrelazados por complejas descripciones. ¿Qué significa esto? Que a menudo no tienes muy claro quién está hablando, dónde se encuentran los personajes o de qué están concretamente hablando. En ocasiones lo intuyes, otras simplemente te dejas llevar. El hecho de que los diálogos sean tremendamente reales añade una complejidad adicional: como en cualquier conversación, los personajes saltan de unas ideas a otras, son interrumpidos, dejan frases a medias, titubean. Nadie explica la acción. Ellos hablan. A veces hablan de otras personas utilizando el nombre propio, a veces el apellido. No importa si están en un sótano o un autobús. Si es procedente en la conversación, si sería procedente en una conversación real, aparecerá. Si no, no lo hará.

Ah, otra cosa. No hay capítulos. Es decir: no hay pausas, no hay páginas en blanco, no hay reposo. Es un continuo. Ya saben, si se detienen quizá la placa se rompa.

No les niego que al comienzo del libro lo que sientes es frustración. Te encuentras frente a diálogos en los que a) no sabes quién habla, b) no sabes quiénes son las personas que están en la escena, c) no sabes de qué están hablando, y d) no sabes dónde transcurre la acción. Entonces quizá aparezca una descripción, a veces en una frase tan larga como una página y tan enigmática como un jeroglífico egipcio, que te mueve la placa y te obliga a saltar. En la siguiente escena probablemente haya personajes diferentes que hablan en un lugar diferente sobre cualquier otro tema. Por supuesto, esto no es siempre así. Lo es sobre todo al principio. Hasta la página 150, quizá; no recuerdo el momento del cambio. Entonces sigues perdido, pero ya no te preocupa. Continúas saltando. Disfrutas del balanceo de la siguiente placa, del sonido del agua, del viento helado. Ya no estás tan inseguro. Sí, quizá cuando te apoyes se rompa y tengas que pasar a otra diferente, pero no importa. Empiezas a ver la experiencia en un marco mayor que cada diálogo, que cada conversación, que cada descripción.

No se equivoquen; Jota Erre no es el caos. Pero de alguna forma, acaba consiguiendo que dejes de preocuparte, como harías en cualquier otra novela, por saber si habla éste o aquél; ya no cuentas los guiones, como harías en cualquier otra novela, para ver si te has despistado, porque a veces hay media docena de personas hablando en la misma conversación pero nadie levanta la mano y dice: Eh, yo soy fulanito. Simplemente continuas leyendo (no he dicho pasando páginas, he dicho leyendo) y al tiempo ves un destello de luz aquí, otro allí, otro más lejos. Reconoces un personaje en un diálogo, un tema de conversación, ves conexiones. Y a veces crees que estás en tierra firme y entonces la historia te obliga a saltar. O piensas que ves la imagen completa pero entonces el hielo se rompe delante de ti.

Mis sensaciones leyendo Jota Erre están siendo en parte similares a las de La subasta del Lote 49. A veces creo que he entrado en la historia, y entonces todo desaparece y el libro me escupe a otro lugar en el que no he estado y que a veces ni siquiera sé qué tiene que ver con lo que he leído antes. Entro y salgo continuamente. Sé que hay cosas flotando alrededor de mí, cosas que no acabo de ver, pero que están ahí. Que todo tiene un sentido y que tarde o temprano se mostrará. Es una sensación amarga y dulce a la vez.

Eso es Jota Erre. Seguramente no es parecido a nada que hayan leído antes. No sé si me he explicado, espero no haberles asustado. Si quieren saber de qué va el argumento, vayan a otra parte o mejor, lean el libro. Es algo diferente, es algo grande (pero que hará que otros muchos libros les parezcan aburridos). Es un libro inmenso (en muchos sentidos) que les obligará a pensar, a estar despiertos.

 

«[…] Espero que a todos los lectores esta historia les sirva para estar prevenidos y hacer alguna aportación a las alas del tiempo, problema, joder, es que casi todos los lectores preferirían estar en el cine. Prestar atención, pensar algo, sacar una conclusión, problema, joder, es que casi todos los libros están escritos para lectores completamente satisfechos con lo que son, preferirían estar en el cine, llegan con las manos vacías y se van igual, joder, lo que le decía a Scharmm Bast. Si les pides que hagan un mínimo esfuerzo, joder, quieren que se lo den todo hecho, se levantan y se van al cine, […]» (Pág.446-447)

 

(Me disculparán que le robe el fragmento al blog que les decía. Me parece sublime como elección y no me atrevo a buscar ninguna).

Si no, se pueden ir al cine. Pero si han llegado hasta aquí, probablemente sea que sí.

Whiplash

Ha vuelto a pasar. Y es que hay algunos colectivos a los que les cuesta especialmente distinguir entre la realidad y la ficción; quizá sea por lo poco acostumbrados que están a verse reflejados en películas.

Ayer por la tarde estuve viendo Whiplash, y no disiento en absoluto de la (mayoría de la) crítica cinematográfica que había leído hasta la fecha. Es cierto que no tiene el espíritu atormentado que transmite Birdman, pero eso no implica que sea peor (hay un detalle de Birdman que en mi opinión destroza la película, y lo voy a dejar ahí). La película es espectacular y magnífica y atrapa desde el principio.

Sin embargo, tenía curiosidad por ver que le parecía a la crítica musical y a los músicos profesionales (incluyendo profesores de academias de música), así que me puse a buscar y como era de esperar no les ha gustado nada. Nada de nada. Prácticamente lo mismo que pasó hace unos años con En tierra hostil de Kathryn Bigelow. En aquella ocasión los artificieros salieron a la palestra quejándose, para aclarar, por si había alguna duda, de que ellos no actuaban de la manera temerosa y casi suicida que se muestra en la película y que la visión que se daba de su profesión era irreal y bla bla bla.

Está claro que cada cual tiene derecho a expresar su opinión, pero no recuerdo haber leído en ningún lugar que Damien Chazelle dijese haber pretendido hacer una obra intimista y fiel del jazz. ¿Que no es como se muestra en la película? Tampoco lo es la seguridad informática y me atrevo a aventurar que lo mismo sucede con la investigación forense, la biología, la profesión de escritor, las matemáticas, el cine, el deporte... bueno, en general una buena parte de lo que se ve en las pantallas. Por no hablar de las 'licencias' y omisiones históricas y culturales que con demasiada frecuencia se ven en el cine (y que sólo reconocen los afectados por la incorrección/salvajada de turno, como ubicar las fallas en Sevilla).

¿Es eso un problema? Hasta cierto punto. Si eres tan idiota como para creerte todo lo que ves en pantalla, sí. Pero el problema en tal caso lo tienes tú. ¿Que sería deseable una mayor cuota de realismo? Es posible, pero aun así no estoy seguro de que la realidad pueda llevarse a la ficción siempre de una manera interesante para todos los públicos.

Volvamos. Es cierto, podría haberse hecho una película más fiel a la realidad; más cercana al mundo del jazz, de la música, más fiel con el esfuerzo personal y la superación, pero entonces no sería Whiplash. Sería otra cosa.

¿Limita el disfrute de ver Una mente maravillosa el hecho de que las alucinaciones de la esquizofrenia no sean como se muestran en la película? No. Probablemente si el director hubiese buscado realismo, se habría perdido gran parte del impacto. Pues aquí pasa lo mismo. No me cabe duda de que el jazz es infinitamente más grande que lo que aparece en pantalla. Pero, en definitiva, ¿a quién coño le importa la realidad? Es ficción, idiota.

Notas cinematográficas

Vamos hoy con unas cuantas notas cinematográficas, tal y como indica el título. La primera es sobre la película La otra hija, una especie de abominable mix entre Señales y la novela de Stephen King Tommyknockers, que pude ver en pre-estreno gracias a una invitación de mi querida hermana. Si olvido el coste de la gasolina empleada en el desplazamiento, el gasto en palomitas y bebida, y las casi dos horas perdidas, casi no me duele. Cuando uno lee "Kevin Costner" en el reparto, tiende a pensar de manera automática en que la película puede valer la pena. Ese pensamiento dura hasta el momento en que reflexionas sobre la filmografía de este individuo; donde aparte de Bailando con Lobos, no tiene gran cosa. Resumiendo, no vayan a verla a menos que les paguen. Y en ese caso, piensen si tienen algo mejor que hacer.

Pasamos a la parte positiva. El sábado por la tarde estuvimos viendo El concierto, una más que agradable comedia de Radu Mihaileanu, coproducción de Francia, Italia, Rumanía y Bélgica, sobre un director relegado de su puesto por motivos políticos, que debe reunir a viejos músicos para dar un concierto en París. La verdad es que —sin que hubiera una razón para ello— no albergaba demasiadas esperanzas sobre esta película, que llevaba algún tiempo olvidada en el disco duro, hasta que nos decidimos a recuperarla. La película no tiene mayores pretensiones que ofrecer un rato de entretenimiento, con un trasfondo cómico y sentimental a partes iguales, algo que consigue sin complicarse demasiado la vida. En definitiva, no se trata de una obra maestra, pero se coloca sin dificultad por encima de la mayor parte de las películas que puedan ustedes ver.

Por último, el domingo continuamos la sesión con El Aura, del incombustible y omnipresente Ricardo Darín. A diferencia de Kevin Costner, puedo decir que no recuerdo haber visto una película de este actor que al acabar haya pensado que había perdido el tiempo; tampoco es que haya visto muchas, pero dado que gran parte de la cinematografía argentina de ámbito "público" que nos llega tiene a Ricardo Darín entre sus filas, he visto unas cuantas. El Aura es una película de cine negro, sencilla, sobria y con interpretaciones más que correctas. Si fuese una película americana, estaría llena de persecuciones, tiros y estrés, pero no es el caso, sino más bien todo lo contrario. Sin llegar a la lentitud, se toma las cosas con calma y le dedica a cada momento los minutos y segundos que requiere. Tampoco esta es una obra maestra, pero merece mucho la pena verla.

Se veía venir...

Después de ver tanto Avatar como En tierra hostil, me resulta difícil comprender la duda que ha existido en la prensa sobre quién podría llevarse el premio a la mejor película y mejor director, aunque bien es cierto que la Academia a veces es imprevisible y tiene sus propios tejemanejes y es posible que por ahí fuesen los tiros.

Quizá En tierra hostil no sea todo lo alternativa que se quiere vender en el sentido de cultura alternativa (diez millones la hacen independiente comparada con los presupuestos de las grandes productoras, y desde luego con Avatar, pero no alternativa), a la vista de algunos clichés pro-americanos y cierta parcialidad patriótica, pero desde luego, es una película muy superior a la de los lagartos humanoides de Pandora. Que la calidad técnica de esta última es impecable, no hay ninguna duda; que visualmente es una película impresionante, con o sin 3D, tampoco, pero poco más; el guión, el desarrollo y profundidad de la historia y la caracterización de los personajes no puede ser más convencional y típica: malos muy malos, buenos muy buenos, el héroe, la chica, etc. Nada nuevo bajo el sol. Aunque no hay que quitarle mérito a la película de Cameron, creo que ésta se ha alimentado de una fantástica campaña de marketing, de ser la película comercial que apuesta definitivamente por el 3D, y de la fama previa que acumulaba su director, así como de su silencio estos años.

The Wire

Últimamente, cuando me siento frente a la televisión por la noche, no sé si irme un rato a vomitar o cortarme las venas directamente en el sofá. Dicho de otra forma: la televisión, cualquier día de la semana, es una mierda. Pero en especial, las tres joyas de la corona son para darles de comer aparte: Física o Química, 700 euros, y Sin tetas no hay paraíso. Jódete Mariano y cágate lorito. ¿Saben aquello de que cada nación tiene los políticos que se merece? Pues espero que no aplique también a la televisión, o vamos apañados, porque con ZP, Rajoy y la cohorte de parásitos de unos y otros ya tenemos bastante.

Como sé que son ustedes de mi misma opinión, he decidido traerles una recomendación de esas que se agradecen. Algo en lo que puedan entretenerse frente a la caja tonta sin sentirse como si estuvieran comiendo basura en un estercolero. La serie que les propongo hoy, The Wire, ostenta al parecer el título de mejor serie de ficción de la televisión, en clara disputa con Los Serrano Soprano (perdón, lapsus mortal), a decir por los entendidos. Ya sé que carecemos de memoria, y me abstengo de decir si es o no la mejor serie de todos los tiempos, pero desde luego, no tengan ninguna duda de que es una de las mejores cosas que he visto.

Incluyendo el cine.

Che, El Argentino

La semana pasada, tras algunos meses de ausencia, fuimos al cine a ver Che El Argentino, protagonizada por Benicio Del Toro, dirigida por Steven Soderbergh y precedida, como se habrán dado cuenta, por un impresionante despliegue publicitario. En general las críticas que había oído y/o recibido eran bastante buenas, lo que nos hizo animarnos a verla, aunque una vez vista, discrepo profundamente de ellas.

Mi impresión tras ver la película es que la gran parte del mérito de ésta recae en el parecido físico que existe entre el protagonista y el Che Guevara, sin dejar de lado no obstante una impecable interpretación por parte de Benicio Del Toro, y el papelón que hace Demian Bichir como Fidel Castro, en algunos momentos realmente memorable. Esos son, a mi parecer, los principales y únicos elementos a destacar de la película, y no porque sea mala (ya que técnicamente no lo es), sino porque es fría como un témpano; es lo más parecido a un documental sobre los inicios de la revolución castrista. No ahonda, como sería de esperar dado su título, en las motivaciones y personalidad del Che, sino que se queda muy en la superficie y pasa de largo, como si no fuese con ella. Por el deseo del director de mantenerse alejado de posicionamientos políticos y adoptar un planteamiento neutro, la película adquiere desde el principio un (erróneo) tono aséptico que la hace fracasar, la vacía de contenido, y arranca de raíz cualquier emoción que los fundamentos ideológicos de la revolución castrista o la figura del protagonista pudieran despertar en el espectador. El Che es un guerrillero más en una guerra de guerrillas, y eso es todo lo que hay.

En definitiva, tanto la acción que se desenvuelve en película como el personaje del Che resultan en todo momento muy distantes, y cuando sales del cine, no queda nada más que un ¿Vale, y? Soderbergh no se moja, y como consecuencia de ello, la película no transmite nada, no deja nada en el espectador; quizá debería haber optado por hacer algo más sencillo y que careciese de planteamientos políticos de fondo, si lo que pretendía era no entrar en ellos. Mi recomendación, obviamente, es que prescindan de verla, y más al precio que está el cine.

The Office (NBC)

Hace unas semanas que empezamos a ver la versión estadounidense de The Office, casi sin darnos cuenta. Tras casi dos temporadas, ignoro qué tal será la versión original inglesa, pero esta es muy buena. Muy buena. Y por eso mismo, me resultaba curioso que Cuatro la Sexta hubiese decidido programarla después de Buenafuente a las tantas de la madrugada, y así se lo hice saber a Laura. Me contesté yo solo.

La realidad es dura: esta serie no es apta para todos los públicos. No se trata de "discriminación intelectual", pero es un hecho que hay gente incapaz de entender el humor negro, o gente que prefiere Lina Morgan a los Monty Python. Quizá usted sea de esos.

Si no lo es, The Office le gustará.

Dexter

Cuando empiezas a ver Dexter, la voz en off del personaje y sus pensamientos introspectivos te hace ser un poco escéptico; pero qué coño es esto. Como dicen en Microsiervos, te sientes un poco incómodo y tentado a quitar el DVD y ver otra cosa. Y como dicen allí, entonces aguantas un par de capítulos, a ver qué tal, y lo único que te queda es degustar los diez capítulos restantes pegado al sofá (o donde quiera que vean ustedes la tele).

Dexter Morgan es el forense especializado en restos de sangre del Departamento de Policia de Miami, y asesino psicópata en sus ratos libres ("proyectos personales"); claro que no se carga a cualquiera, y el criterio no es baladí. Y poco más les voy a contar. Ayer acabamos de ver el último capítulo de la primera temporada, y ya tengo algunos capítulos de la segunda en la recámara.

No tengo nada más que añadir, en realidad; la serie engancha como pocas y tiene un desarrollo fluído, sin estiramientos innecesarios. Alguno, y no un cualquiera, ha dicho incluso que Dexter es la mejor serie de 2006, así que para qué seguir. Les digo lo mismo que con Californication: consigan la serie, es altamente recomendable, y pásenlo bien.